martes, 23 de julio de 2013

APOLONIO



Apolonio era rico de cuna. Había sido mecido por niñeras y alimentado por amas de cría. Costureras primorosas cosieron sus trajecitos de paseo y criadas de uniforme le abrían la puerta cuando, mozalbete, llegaba del colegio y le llamaban “señorito”. Su padre, Pancracio, era un terrateniente amante de los libros de santos, que atesoraba en una enorme biblioteca. Su madre, Sibila, cuando no estaba en corridas benéficas o en rastrillos de caridad, echaba las cartas a sus amigas en el salón de té. 

La vida sonreía a Apolonio, que empezó Derecho en una facultad de tronío y contaba con Auxiliano para que le acompañara portando sus libros y cuadernos. El tal Auxiliano era un mozo más o menos de su edad, rescatado de la inclusa, con el que Apolonio llegó a trabar una amistad nacida del roce cotidiano. Por ese lado llegó la anagnórisis que cambiaría radicalmente el luminoso rumbo de Apolonio en pos del destino más prístino y la vida más honrosa. 

Y es que Auxiliano le fue desvelando hechos que despertaron en el señorito la sospecha de no ser quien creía ser, sino hijo natural de Ida, una criada surgida de la nada que llegó preñada y murió al poco. Persiguiendo a preguntas a sus presuntos padres, estos acabaron por confesar que había sido adoptado, lo que le trastornó hasta el punto de huir de casa en pos de unas raíces oscuras e inciertas.

Vagando por los barrios más sórdidos, acabó cayendo en la degradación y en el delito. Cuando lograron dar con él, ya vivía en concubinato con la camarera de una coctelería llamada Margarita, de la que no fue posible separarle. De ese amor nació José, que heredó la tendencia a la disolución de la abuela materna.

2 comentarios:

Elías dijo...

¡Hay que ver las vueltas que da el mundo, amigo Antonio!
Ya no te puedes fiar de "ná". Ni de los padres.
¡Manda güe.., que dijo aquel!

Abrazo.

almanaque dijo...

A veces, el querer saber demasiado es peligroso. Que se lo pregunten si no a Adán y Eva. Gracias, Elías.