martes, 18 de junio de 2013

SIERVO DE DIOS



A Servi le faltaba un verano. Todo el mundo en el barrio lo sabía y le aceptaban tal como era sin entrar en más disquisiciones. En aquellos tiempos heroicos cada barrio tenía su tonto oficial y varios adláteres o interinos que a veces pugnaban por ocupar el cargo con tonterías más llamativas que los otros.

Servi se pasaba la vida en el bar de sus padres, Ansovino y Arabia, uno de esos locales de antaño donde el serrín se mezclaba con las cabezas de las gambas los domingos y con las cáscaras de los cacahuetes los días de labor. En aquellas eras el éxito de un local se medía por el número de sacos de detritus que se sacaba a la puerta a la hora de bajar la trapa. No era raro pues, apartar a los clientes que fumaban acodados en la barra, para pasar la escoba entre sus pies de bailarines medio ebrios. 

Servi formaba parte del paisaje de interior, como los ficus que languidecían tras los cristales o las botellas cubiertas de polvo que rodeaban el escudo del Atleti entronizado tras la barra. Todos los clientes tenían para con él una deferencia, una sonrisa o una broma jocosa. Y Servi lo agradecía con apretones de manos aspaventosos, con abrazos desmedidos y palmoteos de espalda de teatro parroquial. Geraldo solía venir a tomar el blanco a mediodía y utilizaba a Servi de sparring para lanzar todas las soflamas patrióticas que su hijo en casa rechazaba. Aparecía por allí también Basilio, un cliente extraño, de tez cetrina que canturreaba en una lengua desconocida cuando bebía un vino de más. Y estaba luego Máximo, el quiosquero, un hombre muy vivido que había rodado por circos de medio mundo y ahora se acodaba en la barra para contar historias por doquier. Servi escuchaba a todos con los ojos muy abiertos y luego pedía estentóreo un “butano” que Ansovino le servía tras hacerse un poco de rogar, vertiendo en vaso grande una cascada chispeante de gaseosa anaranjada.

Pero lo que de verdad hacía feliz a Servi era el cine, al que Silvano, el portero le dejaba entrar gratis los días de entre semana en que había poca gente. Instalado en la primera fila, Servi gritaba emocionado a los caballistas sobre el peligro de los malos, que les perseguían por aquella Arizona de las sábanas blancas con ahínco salvaje y polvoriento. El resto del patio de butacas le seguía alborozado la corriente, hasta que Silvano, ahora como acomodador, apuntaba el haz de su linterna a la cara de los desaprensivos para que depusieran avergonzados su actitud.

Servi era feliz a su manera. Seguramente más feliz que Pulquerio, cuya calvicie prematura le tenía traumatizado y sin ganas de ir al baile; o que Bonifacio, un bombero pirómano que se debatía agónico entre sus dos pulsiones. Pero, desde luego, lo pasaba mejor que Ramiro, un futbolista fracasado que mataba las penas derrochando su herencia en timbas ilegales.

Era el bar un microcosmos donde sobraban personajes para una comedia o para un drama, dependiendo del humor del narrador. Pero aquí no venía ningún cliente pervertido. Todos se limitaban a emborracharse un poco, a fumar y tirar las colillas por el suelo, a reírse un rato, benevolentemente, de quien consideraban inferior. Todos vicios honrados de gente cabal y cumplidora de la ley.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Los vicios, como los defectos, hay que saber llevarlos con dignidad. Reivindico brindar con champán y no con gazpacho. Muy ácido y agudo, Antonio, como para despejar este miércoles nubosillo.
Juan M

almanaque dijo...

Desde luego Juan M. Dios nos libre de los "perfectos". Uff.

Montesinadas dijo...

Pues Sr.Toribios, ya veo que me hace usted buenas gachas con mi entrañable Juan Manuel hacedor de mi "sucio" W.Jaramillo. Y eso ya le hace partir con ventaja en mis opiniones.
Pero ante su relato "Siervo de Dios", me ha ganado sin enchufes.
Por momentos me he sentido en la Colmena.
Un relato tremendamente vital, lleno de detalles de personas que son patrimonio de todos.
Un placer leerlo.
Le sigo atentamente e invitado queda a participar de Montesinadas si allí la curiosidad le lleva.

almanaque dijo...

Bueno, Sr. Montesinadas, pues me alegro mucho, la verdad. Intentaré estar a la altura. Pasaré un rato por su parcela, gracias por la invitación. Un saludo.