domingo, 16 de junio de 2013

RAMIRO



De Ramiro decía su madre, Alberta, que era muy “vitálico”. Y es que a Ramiro el afán se le salía a borbotones por los poros. Los talones le golpeaban las posaderas cuando corría y, si tiraba piedras al río, llegaban mucho más allá de la otra orilla, provocando improperios en los tranquilos pescadores de caña. Por otro lado, era tan despierto y atrevido que las niñas del barrio a duras penas eludían sus abrazos y las maestras se veían negras para mantenerlo quieto en el asiento. 

Pero lo que volvía loco a Ramiro era pegar patadas a una botella de lejía.  Y no es que no le gustaran los balones, es que la época era de estrecheces y no le quedaba otra que utilizar dicho envase para hacer las veces de un esférico. Todos los mediodías, a la salida de las clases, se iba con su amigo Gorgonio a un descampado y allí los dos echaban sus partidos internacionales con las porterías, el césped, los linieres y las gradas repletas de público entusiasta que les proporcionaba su imaginación exacerbada. Las botellas abundaban en los vertederos colindantes, que en algo había de tener la época largueza.

Ramiro y Gorgonio sudaban la camiseta y llegaban a comer tarde y con un sofoco que alteraba a sus madres respectivas. “Ese Ramiro te malea”, decía enfoscada Áurea, la madre de Gorgonio. Pero no había manera de detener la pasión de aquellos alevines. La cosa empeoró con la intromisión de Constantino, un futbolista del equipo local que les veía jugar desde la ventana de la cocina, mientras comía su sopa de fideos. “Esos chicos prometen”, comentó un día a su mujer, Engelberta, que escuchaba embobada el capítulo cuatro mil doce de “Sólo las tontas se enamoran”. Constante, que lo era y mucho, no se olvidó del asunto y se presentó al día siguiente con un balón de reglamento. No es posible pintar con suficiente atino lo que experimentaron Ramiro y Gorgonio ante aquel regalo inesperado. Sólo decir qué estuvieron cinco minutos mirando a su benefactor con los ojos como platos, antes de entonar un “¿es de verdad?” a dúo y con voz temblorosa. 

Los futbolistas iniciaron un partidillo con su genio de la lámpara como portero, pero no atinaban igual que con el envase del líquido cáustico. Constante, pacienzudo como era, pensó que necesitaban adaptarse y dejó el entrenamiento para otro día. Pero pasó una semana entera y los dos amigos seguían sin conseguir atizar en condiciones a aquella esfera de retazos de cuero. La botella la tenían dominada, sabían como darle en la parte más ancha o más estrecha para conseguir el efecto deseado, eran capaces de saltar con ella entre los pies y burlar el regate del contrario. Pero ahora, con ese objeto tan resbaladizo no eran capaces ni de verlo, sus botes les sorprendían siempre en el lado equivocado y su velocidad en vuelo raso les intimidaba.
Ya hemos dicho que Constante era constante, pero tras un mes empezó a pensar que no había remedio. Máxime cuando todos los chicos del barrio empezaron a hacer corro desde los primeros días y ahora, semanas después, ya no paraban de reír ni de burlarse.

Así es que tomó una tarde Constantino la pelota, lanzó a los pies de Gorgonio y Ramiro una botella flamante de lejía y dijo solemne: “Seguid con la vuestra, ya organizaremos una liga. Con un poco de suerte tenemos a Conejo por sponsor”. Giró de inmediato sobre sus talones y se fue presuroso al taller donde se ganaba los garbanzos, que lo del fútbol no era más que un hobby, al fin y al cabo.

6 comentarios:

Carlos de la Parra dijo...

Divertidísima historia futbolera.
Bravo.

almanaque dijo...

Encantado de verte por aquí, Carlos. Muchas gracias.

Juan manuel S dijo...

Jajaja. Ahora cpmprendo por qué soy del Atleti. Ole, Cholo Simeone.
Un abrazo, Antonio.
Juan M (no Juanma)

almanaque dijo...

Gracias, Juan M.

Dante Bertini dijo...

cuando dices Máxime pensé que ibas a referirte a mi, por mi segundo nombre: Maximino...
Y no soy un robot, aunq a veces o parezca.

1848 lormodu

almanaque dijo...

¡Hombre, Dante-Maximino, qué alegría! Ya sólo faltabas tú para apuntalar este renacimiento de mi blog que tanto apoyaste en sus inicios. Un abrazo.