jueves, 6 de junio de 2013

PONCIO



La primera infancia de Poncio coincidió con una fuerte epidemia de gripe, que obligó a las autoridades a emprender una campaña sobre higiene que le dejó marcado. Poncio se acostumbró a lavarse las manos, no solo antes de las comidas, como es preceptivo, sino antes y después de coger algún objeto, después del menor contacto físico con alguien y en cualquier momento del día o de la noche en que se cruzara por su mente el más mínimo escrúpulo.

Como todo exceso tiene su repercusión, este celo desmedido condenó a Poncio a la exclusión social, pues tocar un picaporte le llenaba la mente de millones de organismos bullentes y no digamos de entrar a un váter público. Los vasos, tenedores o cucharas del más refinado restaurante le parecían criaderos industriales de gérmenes patógenos, y huelga decir lo que pensaba de la costumbre tan mediterránea de besarse y estrecharse las manos como prueba de buena crianza.

Como es lógico colegir tras lo dicho, la vida sexual de nuestro Poncio era inexistente llegado ya a la edad madura. Si alguna vez una mujer se le acercó a tiro de piel, inmediatamente había sobrevenido la espantada hasta acabar en la otra esquina. Una vez, de mozo, visitó un burdel en una noche loca y no pasó del recibidor, pues en el mostrador advirtió restos de polvo, sensu estrictus. 

Y, como con la edad todo se agrava, ni siquiera los escrúpulos dejaban a Poncio tranquilo en la intimidad de su piso de soltero. Si cogía un libro, tenía que ser recién comprado, y aún así le repugnaba pensar que algún otro cliente lo hubiera ojeado en los anaqueles de la librería. Lo mismo pasaba con los alimentos que tomaba de los estantes del supermercado. Al final se compró un esterilizador hospitalario donde introducía todos los utensilios y alimentos que tocaba. Se encerró en casa y consiguió un teletrabajo que le redimiera de compartir con otros el aire y el espacio. Podría haber tenido amigos virtuales, pero el miedo cerval a los virus le impedía aventurarse más allá del software ultraseguro de su empresa. Su final fue un declinar lento de astro solitario.

4 comentarios:

Juan Carlos Gargiulo Blanco dijo...

Genial Antonio, completamente cinematográfico, para un maniático como Jose´Luis López Vázquez

Antonio Toribios dijo...

Pues si te da para un guión, ya puedes ponerme en los títulos de crédito.

Juan manuel S dijo...

El trastorno obsesivo compulsivo no deja de tener su gracia. Una vez más, Antonio, el despertar tiene sentido.
Buen fin de semana.
Juan M.

Antonio Toribios dijo...

Grasica, Juanma,igualmente.