lunes, 17 de junio de 2013

PABLO DE LEÓN




A Pablo, sus padres, Geraldo y Herlinda, lo mandaron bautizar Pablo de León en cuanto se enteraron de que tal nombre existía en el santoral. Y es que, tanto Pablo como sus padres, habían nacido y vivían en ese lugar de clima frío pero sano, según reza en el “Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar”, escrito por el ínclito señor Madoz.

Geraldo y Herlinda eran desde muchachos fieles defensores de las bondades de la patria chica. Su inflamada pasión les había llevado en la juventud a pasarse días y noches velando la bandera bajo el  balcón donde luciera la enseña equivocada de los vendepatrias. Participaron en todos los eventos socioculturales del terruño, estudiaron hasta la saciedad la forma y el peso de los bolos locales, se empaparon de las razas de aves de rapiña predominantes en el territorio y aprendieron a distinguir las trazas peculiares del asno autóctono que le diferenciaba inequívocamente de otros burros limítrofes.

Por eso les extrañó que el infante rechazara aprender el himno que hablaba de sangrías ancestrales, aunque lo achacaron a las tontunas de su corta edad. La cosa empeoró cuando a los siete años Pablo se negó a vestirse de arriero en las fiestas patronales. Y llegó a su clímax cuando se borró sin decir nada de las clases extraescolares de dialecto local. 

“Qué pecado hemos hecho que tan gran cruz nos procura”, iban repitiendo los atribulados padres por las casas de familiares y correligionarios, con la cadencia de un canto miserere. Todos les consolaban como mejor podían, les aconsejaban posibles remedios y les daban esperanzas de futuro. Pero la cosa no tendía a mejorar, sino al revés, pues al Pablito adolescente le dio por acercarse a las ideas mesetarias el primer año que cursó Lenguas Orientales en la universidad de la capital de reino vecino. Esto ya colmó el vaso de la paciencia de sus progenitores, que renunciaron a la patria potestad e ingresaron en religión. Pablo tuvo que pagarse la carrera ejerciendo de probador de pez globo en un restaurante japonés. Tras licenciarse se radicó en oriente y acabó sus días como oficiante de la ceremonia del té para turistas ricas.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Los himnos que hablan de armas y degüellos no son himnos sino arengas para hacer barbaridades sencillas. Lo difícil de veras es ser un buen probador de peces globo y no acabar degollado.
Estratosférico el relato, Antonio.
Juan M.

Luis Ángel Díez Lazo dijo...

A quien no conozca la sensación que produce el sentirse enemigo de los dos reinos y fruto de las dos tierras, le podría explicar yo algo.
Ni que los reinos fueran propiedad de sus pobladores y no de sus reyes.
De lo del himno mejor no hablar, para no aumentar el torrente de sangre vertida con la propia.

almanaque dijo...

Gracias Juan M. y Luis A. por vuestras apostillas tan enriquecedoras.

Montesinadas dijo...

Sr.Toribio,
Un relato autóctono, de raíces, de sensibilidades orgullosas de saberse sabios para advinar el peso de los bolos (me ha encantado), la diferenciación de burros, jajaj...¡Genial sabiduría del terruño!.

Otra cosa es ver el amor a la bandera, al himno y la obcecación por el uso de una lengua para diferenciarse siguiendo el curso contrario al origen de las lenguas.

Lo mejor la actitud rebelde del infante. Sí sr.
Un saludo seguiré mirando por esta tu casa.