sábado, 8 de junio de 2013

ALEJANDRINO



Alejandrino empezó muy pronto a escribir versos, y le salían, claro, alejandrinos. Su padre, don Vidal, se dolía: “con lo castizo y español que es el octosílabo, y este niño me sale modernista”. Y la madre, doña Alvera, poeta también, terciaba diciendo: “si al menos escribiera endecasílabos, que son garcilasianos y elegantes”. Pero no, al niño se le antojó el alejandrino y los padres se lo achacaban a su propio desatino. “Mejor le hubiéramos puesto Benito o Domingo, que son nombres de fraile”, decía el padre. “O Cirilo Metodio, nombre compuesto de predicador pluscuamperfecto”, apostillaba doña Alvera, siempre al quite. Pero el hecho es que le habían bautizado Alejandrino y ya no había remedio.
Así es que el niño Alejandrino, hijo de poetas, escribía largos versos que desgranaba en su clase de tercero de primaria, sirviendo de soporífero mantra para sus compañeros y levantando terribles dolores de cabeza en doña Mella, la maestra, que, a pesar de ello, le animaba con grandes muestras de congratulación. Y es que la pobre no se atrevía a censurar afición tan meritoria en un alumno, y menos siendo hijo de sendos artesanos del idioma y muñidores de reconocidas justas y certámenes.

Creció Alejandrino en tamaño y pasión creadora, acrecentada ésta por los parabienes de sus padres que, aunque conscientes de la escasa valía del ingenuo vate, no tenían corazón para decírselo. Organizaban pues veladas poéticas para tías, primas y vecinas, que aguantaban el tipo ante la cascada ingente de versos, poniendo, eso sí, gran cara de interés. Los aplausos y vítores ratificaban en el alma de Jandri su compromiso con las musas.

Y llegó la primera publicación, bajo la advocación de Cándido, un editor amigo. Don Urpasiano, eminente crítico local, hizo las veces de difusor y heraldo, por amistad con los progenitores. La tirada, muy magra, se vendió íntegra entre familiares, amigos y poetas. Alejandrino no cabía en sí de gozo. Pronto emprendió la composición de un poemario mayor. Hubo edición y nuevo éxito, con lo que su nueva obra fue ya difundida por la famosa editorial “Modernidad” con tiradas  abundantes y certeras.

Maduró Jandrín, ganó una cátedra y casose, sin que menguara un ápice su interés creador. Vinieron traducciones, premios y conferencias. Los nuevos críticos se basaban en las reseñas primeras y le ensalzaban, pues tenían mucho que leer y sueldos bajos. Pasaron años y tomó cuerpo definitivo la impostura.
Así transcurrió la vida entera, con los alejandrinos de Alejandrino reblandeciendo las meninges de los auditorios más bragados en los combates de la lírica, sin que nadie nunca se quejara en alta voz. Antes al contrario, Alejandrino, escuchaba plácemes y mandaba a su sastre preparar el chaqué para Estocolmo.
Murió Alejandrino, llegada la hora, y se encaminó gozoso a la puerta intitulada como “Parnaso” en letras de oro. Abrió y fue recibido con alborozo por otros bates tan torpes como él. Los auténticos genios no dijeron nada.

2 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Me despierta Toribio con su excelso Almanaque,
y me aparto de todo: café, pan y tocino,
para untarme enterito de una prosa de empaque,
aunque mi verso torpe se finja alejandrino.

Antonio Toribios dijo...

Todo un prodigio de versificación Juanma. Anonadado me has.