sábado, 25 de mayo de 2013

CONÓN



         A Conón un día le salió un tercer ojo en la frente. No tanto así, sino poco a poco. Una mañana, al afeitarse, se fijó en un bultito y temió que fuese un divieso. Lo trató con unos toques de árnica y lo puso un apósito. Al cabo de unos días, retiró la venda y vio aterrado en el espejo cómo una pupila extraña se clavaba en las suyas.

        Al principio intentó disimular en el trabajo, cubriéndolo de nuevo, pero acabó mostrando a sus compañeros el órgano recién nacido. Ante su propio asombro, éstos lo tomaron más con curiosidad que con horror. Empezaron a preguntarle por cómo había surgido y por si veía o no por el nuevo ojo y, en caso afirmativo, si tenía las mismas dioptrías que en los dos que ocultaba tras unas gruesas gafas.

        El caso es que ver veía por él, y sin necesidad de lente alguna, pero no del mismo modo. Miraba a Juana-María, su compañera de despacho, y veía a una mujer con sus mismos rasgos, pero con una expresión de fiereza que no correspondía a la Juanita bonachona y suave de siempre. Se fijaba en Agapio, su jefe, y su tercer ojo penetraba un centímetro bajo su piel para mostrarle otro ser, parecido al superficial, pero dotado de un algo siniestro que contrastaba con el semblante serio y distinguido que siempre había tenido. 

        Lo mismo le fue sucediendo al pobre Conón con los vecinos, los dependientes de las tiendas que frecuentaba, los conocidos y los amigos con los que solía salir a tomar unas cañas. Todos, sometidos a la mirada del nuevo globo ocular, mostraban su yo más inquietante. Unos aparecían burlones y despreciativos, otros transparentaban su lado más sórdido y alguno había que le produjo verdadero terror. Pero lo que a Conón le dio la puntilla fue ver a su madre, Kinesburga, a la luz de su órgano suplementario.

        Lo encontraron flotando en el río, atorado en unas ramas de la orilla. Antes de tirarse se había arrancado el ojo con las uñas. Y se notaba por el destrozo que le había costado trabajo, pues las raíces habían penetrado ya profundamente en su cerebro.

6 comentarios:

Yolanda dijo...

Por algo la naturaleza nos ha dotado con los órganos justos y necesarios, no me asombra el desenlace trágico de la historia.
Lo que no deja de asombrarme es tu ingenio e imaginación. Formidable.

Un abrazo.

almanaque dijo...

Gracias, Yolanda, tú tampoco eres manca (hablando de órganos). Un abrazo.

Alberto Cubeiro dijo...

Un descubrimiento muy enriquecedor.Hacer de lo extraordinario un relato creíble y normal no es fácil.

almanaque dijo...

Gracias, Alberto, me encanta tenerte por lector.

emejota dijo...

Me ha inspirado. Te imaginas alguien viviendo esa realidad, tal cual. Es posible, alguien con una vida muy larga y repleta de experiencias de lo más diverso.... yo si.

almanaque dijo...

Me alegro de que te haya inspirado. Esto no dejan de ser semillas que pueden dar lugar a otras historias, así que si da para una novela adelante. Luego me mencionas en "agradecimientos" y ya está. Gracias por el comentario.