miércoles, 24 de abril de 2013

SAMUEL



        No podemos decir que Samuel naciera con el don de la palabra, aunque sí que muy pronto despuntó en él la que sería su principal habilidad. No fue el suyo un aprendizaje paulatino, como corresponde, sino más bien se manifestó el don de un modo que pidiéramos llamar implosivo, a la manera de una erupción de tipo peleano. Hasta los tres años cumplidos no habló ni una sola palabra, lo que traía de cabeza a sus progenitores, Basilisco y Cunegunda, que no dejaron especialista médico sin visitar. Pero ocurrió a los tres años y tres días que, estando el silencioso Samuel merendando en casa de su tía Catalina, emitió de repente el siguiente mensaje, bien aplomado y de seguido: “siento participarle, apreciada señora, que las pastas que reserva a las visitas dejan que desear en lo tocante a su frescura”.

        Es de imaginar el notable estupor que tamaña salida provocó entre los presentes. Incluso algunos testimonios aseguran que, enterada Marcia, la portera, corrió a llamar al párroco para que tomara medidas ante un eventual origen maligno del fenómeno. Lo que sí consta es que el niño Samuel continuó desde ese día con un flujo constante de palabras engarzadas en las estructuras sintácticas más complejas y barrocas que imaginarse puedan. Empezó el parvulario y las maestras no sabían cómo tratarle, por lo que optaron por pasarlo de curso antes de tiempo. Acabado el bachillerato con catorce, a los dieciocho había terminado políticas, teología y derecho cum laude. En las oposiciones, consiguió una cátedra en una prestigiosa universidad y para allá se fue animado y dichoso. Su verbo resultaba tan hipnótico, que pronto el aula magna resultó pequeña para impartir sus clases. En poco tiempo era rector y candidato al parlamento nacional. Sus palabras floridas apaciguaban las conciencias y servían de bálsamo a los problemas de la vida. Tanto fue así que una cadena televisiva le ofreció un contrato millonario para hablar de madrugada urbi et orbi. 

        A los veinticinco conoció Samuel a Artelaida y pronto se casaron. Fue un amor a primera vista, pues Artelaida había nacido sordomuda.

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