jueves, 25 de abril de 2013

QUIRINO



        A Quirino le compraron de pequeño un cochecito de esos de pedales y acabó siendo taxista. La cosa no fue así, tan simple como una relación de causa-efecto. Hubo pasos intermedios, claro está. Primero, el niño Quirino se dedicó a explorar los cuatro tramos de su calle y la que la cruzaba. Se aprendió el nombre que figuraba escrito en sendas placas, con la ayuda de su abuelo Cayo, y los números de cada portal, en cuanto supo contar hasta doce. Luego empezó a cobrar una peseta a cada niño que quería montar; dos, si el viaje era de ida y vuelta.

        De ahí pasó Quirino a transportar chavales en la barra de su bici, previo pago, que de aquella no todo el mundo tenía vehículo y algunos necesitaban llegar pronto. Así es que, al cumplir la edad reglamentaria, Quirino tenía ya estudiado de antemano el grueso libro donde venían todas las señales en color, con guardias de tráfico dibujados en sus templetes con sombrilla, moviendo las manos enguantadas según conviniera a cada caso. Se sabía también el callejero, de pe a pa, pues lo llevaba estudiando todo el bachillerato, en lugar de aprenderse las capitales y ríos de los cinco continentes, que mira tú para qué me valdrán, no sé qué empeño tiene don Eugenio.

        Y qué razón tenía, porque no se conoce taxista más vocacional y que más disfrutara llevando gente de un lado al otro de la ciudad. Especialista en esperar viajeros en la estación del Norte, manejaba las maletas como nadie, mientras silbaba una canción. Era atento y servicial con todos sin llegar a ser entrometido. Elegía los trayectos que mejor convinieran al cliente, incluso en los casos de los turistas despistados. Cobraba siempre lo que marcaban las tarifas y su taxímetro era tenido por modelo de exactitud suiza. No se molestaba si alguna vez un niño enfermo vomitaba la tapicería, y era comprensivo con el achispado cliente que se empeñaba en contarle los pelos y señales de su último round en la cama de la Heraida. Ponía la radio contando siempre con las preferencias de viajero y, esto era lo fetén, ofrecía conversación a la medida de cada cual. Hablaba de fútbol al forofo, según lo conveniente a sus colores; de Botánica al aficionado, lo mismo que de Derecho, Filosofía o técnicas de venta. Y nunca tocaba la política por mucho que se lo pusiesen en bandeja.

        La iconografía clásica lo representa a bordo de un Seat negro, tocado con su gorra de visera y su corbata, el resplandor del halo confundido con los faros de otros coches. Pero corre la especie de que se trata de una leyenda urbana, por lo que su existencia mortal queda bastante en entredicho.

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