domingo, 7 de abril de 2013

PRETEXTATO



Los padres de Pretextato, Birustano y Cuartelosa, no tenían disculpa, no la necesitaban, pues el nombre de su nuevo hijo les encantaba a ambos y lo habían elegido de entre muchos posibles. Lo mismo les pasaba con los de sus otros cuatro descendientes: Edelberto, Letardo, Prímolo y Reno. 

Es verdad que esos nombres resultaban chocantes en un pueblo donde los chicos tenían nombres corrientes como Juan, Roberto o Sergio, pero eso, lejos de resultarles enojoso, lo vivían Pretextato y sus hermanos como un marchamo que les dotaba de una categoría especial.
Pretextato, desde bien chico, alimentó la vocación de ser personaje de novela. Era algo bastante extraño en un pueblo de gente convencional. Los chicos suelen querer ser policías, médicos o bomberos. A algunos, un poco extravagantes, se les puede ocurrir la veleidad de desear ser escritores. Pero, personajes de novela... Era la primera vez, en la larga vida como docente de don Julián en que un alumno le salía con eso. No tuvo otro remedio que mandarle copiar cien veces “no debo aspirar a profesiones que no existen”, como medida preventiva.

Pretextato creció, se fue del pueblo y empezó a vagar de aquí para allá. No existen facultades donde estudiar para personaje de novela, ni te puedes inscribir en una oficina de empleo con esa pretensión. Lo único que te queda es frecuentar cafés llenos de humo donde suelen juntarse los artistas, y eso es lo que hizo Pretextato. Allí conoció a muchos autores, la mayoría con obra aún inédita, cosa que no le interesaba, pues un buen personaje de novela no es tal hasta que no está en boca de las gentes. En cuanto a los pocos escritores con alguna novela en librerías, conseguían sus personajes en su entorno familiar, o utilizaban personajes históricos que transformaban a su gusto. Ninguno se interesó por él, lo que le fue sumiendo en la desesperación y en la amargura.

Conoció por entonces a Montano, un enfermo de literatura que había llegado a convertirse en personaje, pero su vida le pareció patética. No era eso lo que el llevaba anhelando tanto tiempo. Desde ese momento cambió radicalente y se dedicó a vivir intensamente. Viajó, amó y trabajó en diversos oficios, conoció ciudades y navegó por mares enriscados de espuma y por ríos tan grandes que la vista no llegaba a divisar los márgenes. Ya nunca se preocupó de ser personaje de nadie, sino sólo protagonista de su propia y singular vida.

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