jueves, 4 de abril de 2013

ORDOÑO



A Ordoño le marcó la vida llamarse como la calle principal. Sus padres, Antonio y Rafaela, se lo pusieron porque les pareció nombre de persona importante, de los que van, tipi-tipi, con zapatos de charol, pisando fuerte por las baldosas de colores. “Para pobres ya estamos nosotros –le decían siempre-, así que tú ya sabes”. Ese “ya sabes” era lo que torturaba a nuestro Ordoño, porque fue desde niño un ser apacible y sin ánimo para emprender grandes hazañas. Él prefería ser zapatero remendón como su padre, en un barrio tranquilo, a la otra orilla, que tener que pelearse con cincuenta y la madre para conseguir un hueco entre la gente de la buena sociedad.

Pero Ordoño estaba predestinado. Pronto le matricularon en la academia de don Florencio, que enseñaba mecanografía al tacto y taquigrafía a los jóvenes candidatos a la delegación de Hacienda o al mostrador de cualquier sucursal bancaria. Al mismo tiempo, estudiaba el bachiller en un colegio de más allá del río, para que fuera codeándose con gente de postín. Doña Rafaela soñaba con ver a su retoño casado con una chica de buena familia, de esas de colegio de monjas con las que se cruzaba en el puente que separaba el barrio obrero de las calles de baldosas amarillas.

Ordoño, que era obediente, fue cumpliendo las etapas apetecidas. A los dieciséis era meritorio en una caja de ahorros y antes de los veinte ya se había prometido con Romana, la hija del interventor. Pero vino la mili, que le tocó en tierra de moros, y volvió muy cambiado.

Había conocido a Eros, un compañero que le inició en las artes propias de su nombre, y a Sereno,  un desgraciado al que apenas se podía aplicar ese adjetivo durante media hora sin tener que mentir. Con ellos recorría tabernas y burdeles hasta que eran descubiertos y daban con sus huesos en el calabozo.
A la vuelta a su ciudad ya no hicieron vida de él. Faltaba al trabajo y engañaba a Romana con mujeres livianas, de modo que acabó perdiendo ambas cosas. Comenzó a frecuentar a bohemios, poetas y gentes de mal vivir, que dieron al traste definitivamente con los sueños dorados de su madre. Incluso, en un gesto de radicalidad definitivo, renunció al nombre regio que le ligaba a lo profundo y eligió, para ser mencionado entre sus pares, el espirituoso y cuartelero apelativo que le haría tristemente conocido: Veterano.

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