lunes, 29 de abril de 2013

OLIVA



        Oliva, más conocida como Olivandentro, destacó desde la temprana edad en que Natura orna a las ninfas con sus dones, por poseer unas redondeces bastante apetecibles a juicio de los varones heteros de su entorno. Ello inquietaba a su padre, de nombre Focas, que se apresuraba a llamarla en cuanto asomaba por la puerta de la calle con un “Oliva adentro” que, harto repetido, dio paso al alias con que acabó siendo conocida

        Oliva creció pues circunscrita al ámbito del hogar, como una de esas  plantas de interior que se marchitarían ante la más mínima corriente. Como hija única que era, no tuvo más trato con hombres que las visitas del cobrador de la luz o del cartero, amén de los viandantes que se cruzaba por la calle, camino del colegio de monjas al que iba.

        Ocurrió que llegó de visita un domingo su tío Virgilio y trajo consigo al primo Teófilo, un pardalín algo mayor que Oliva, que iba para fraile. Como fuese que los mayores tenían algunos temas de herencias que tratar, se decidió dar permiso a los jóvenes para que fuesen a la sesión de tarde en el teatro Principal, donde se proyectaba con gran éxito “Franco, ese hombre”. Siendo domingo, se encontraron los tiernos primos, con que sólo quedaba un palco libre y allí se acomodaron ambos, protegidos del mundo por la calidez de aquel útero oscuro.

        De lo que ocurrió no existen testigos, pero vive aún quien afirma haber advertido meses después las nuevas redondeces en el cuerpo de la moza deseada. No es otro el testigo que Clemente, un barbián que se pasaba el día espiándola a través de las ventanas del patio común. Dice Clemente que hubo voces en casa de Olivandentro, que Focas, transmutado en pinnipedo rugiente, quiso matar al cuñado y al sobrino, que el seráfico Teófilo juraba y perjuraba no haber pecado ni aún de pensamiento, que las madres de ambos se tiraron de los pelos. 

Al final hubo acuerdo. Ambas familias endomingadas salieron por el portal camino del notario, primero, y de la vicaría, después. Todo quedó en casa. Aún hoy Teófilo sigue negando haber tenido nada que ver con la génesis de Gerásimo, que así bautizaron a aquel extraño fruto del ardor guerrero.

3 comentarios:

Yolanda dijo...

Te manejas de maravilla en historias ambientadas en épocas pasadas.
Me ha gustado esa Oliva, frágil planta de interior, no se marchitó, no, cuando salió fuera parece que le sentó bien el garbeo.
El nombre del padre, muy apropiado.
Este cuento coloca una sonrisa en el lector que no desaparece con su lectura.
Me ha gustado mucho. Quedo esperando la próxima. Volveré.

Saludos.

almanaque dijo...

Bueno, Yolanda, qué bien que vuelva a haber comentarios en Blogger, ahora que ya sólo se reiben por FB. Tiempos hubo que aquí no faltaban de media dos o tres. Me alegro que te guste. Estas cosas son las que animan a uno a seguir. Nos vemos por esos mundos varios del microrrelato.

Juan M Sánchez dijo...

Antonio, celebro que compartamos tantas cosas. Por mi parte, quiero compartir contigo la nominación que hago de tu blog para el premio Liebster Blog Award. Pincha y verás:
http://juanmanuelsanchezmoreno.blogspot.com.es/2013/05/liebster-blog-award.html

Felicidades
Juan M