jueves, 11 de abril de 2013

MATILDE



En casa de Matilde, en una palomilla de la cocina, cubierta con sus faldones floreados de volantes, había una radio. A la hora de la comida, Víctor, el padre, accionaba el interruptor y emergían al momento voces y canciones a través de la tupida tela que cubría el altavoz, como un fluido invisible que se colara por los intersticios del tejido. 

Matilde, desde niña escuchaba fascinada, mientras sus hermanos se afanaban en arrebañar el plato y en conseguir los trozos más sustanciosos del puchero. Matilde deseaba ardientemente que su padre moviese la ruedecilla del dial e iniciase un mágico viaje a través de Londres, París, Viena o Munich, nombres que a ella le parecían tan exóticos como Zimbawe o las islas Mauricio. Pero don Víctor, como buen cabeza de familia, era comedido y consideraba una frivolidad esos devaneos sin ton ni son que, a lo peor, solo servirían para desequilibrar el delicado mecanismo.

Así es que, Matilde, tenía que esperar a aquellos momentos de la tarde en que su padre estaba trabajando y los demás en sus ocupaciones, para, llena de emoción, viajar por aquellos desconocidos territorios. Entonces se subía en el escaño, tomaba la ruedecilla entre sus dedos pulgar e índice, e iniciaba la aventura. Primero aparecían silbidos chirriantes, pero luego daban paso a voces que hablaban en idiomas extraños. Movía más el dial e iban llegando emisoras cercanas, con sus anuncios de cremas para la cara y jarabes reconstituyentes. Uno de esos días, Matilde topó con una radionovela y descubrió que ya sólo viviría para la radio.

Se pasaba la vida recitando las frases que oía a los actores y fingiendo risas y llantos. Hablaba sola en el colegio y en la calle, con lo que empezó a tener fama de ida. Sus padres, enterados del origen del mal, le prohibieron estrictamente oír la radio, que fue confinada bajo llave. Como poseída por un ente demoníaco o presa de las garras de la adicción más implacable,  Matilde no pudo soportarlo y escapó una noche de casa.
Se perdió su pista durante años. Cuando su familia la había dado ya por perdida, escucharon su risa inconfundible emerger de la tela damasquinada del receptor, que ese mismo día habían bajado del desván. Todos quedaron petrificados. Se pusieron al habla con la emisora, pero Matilde rehusó volver a verlos, una y otra vez, hasta que ellos dejaron de insistir. Durante muchos años fue la estrella del cuadro de actores de la emisora más importante del país. Su risa sonaba por las tardes en todos los hogares. Era una risa estentórea, vibrante, compuesta por oleadas sucesivas de ímpetu creciente que ocultaban un denso poso de amargura.

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