lunes, 15 de abril de 2013

MACARIO



Macario tenía una vaca, a la que venía cuidando desde que él era un chiquillo y ella una ternera. Macario y Vilana, su vaca, eran pues una pareja a la que todos en el pueblo estaban de hecho habituados. Se les solía ver en el prado, por primavera, la vaca triscando hierba y el mozo buscando nidos, haciendo silbos con las cañas tiernas o, simplemente, mirando las nubes. “Vilana, bonita”, la requebraba a veces, y la tierna bestia venía hacia él con un trotecillo suave, como de mascota de poeta.

Macario, los domingos, solía ir al baile con su amigo Cereal, en una moto pequeña que tenía. Cereal era tan flaco que apenas se notaba su peso en la trasera del sillín, y tan espigado que sus pies rozaban la grava suelta de la carretera. En el baile, Macario solía marcarse unas rumbas con Edina, a los sones del acordeón de Basilio, un hombre de color del que se contaba una extraña historia. 

Macario era feliz con esta vida sencilla, pero Edina llevaba ya tiempo convenciéndole para que se buscara otro porvenir. Le daba esperanzas sobre un futuro juntos, pero a cambio él tenía que esforzarse por cambiar, por conseguir un empleo en la ciudad que les abriera el horizonte. Así es que Macario, movido más por hacerla a ella feliz que por su propio convencimiento, escribió a una academia de Madrid y recibió los temas para una oposición de ordenanza en un ministerio. 

Animado por los abrazos apasionados de Edina al enterarse, Macario empezó a llevar los cuadernillos al prado donde cuidaba de Vilana, sin atender los consejos en contra de Cereal, que veía como una traición esos proyectos. Hacía lo que podía, aunque siempre acabada durmiéndose en una sombra, con los pliegos arrugados en la mano. Hasta que ocurrió el hecho que le abrió los ojos definitivamente. Y fue, una mañana de mayo, en que Vilana se acercó durante una de sus siestas y le comió y rumió el tema sobre corporaciones locales y órganos de gobierno, hasta convertirlo en parte de ella misma. 

Fue como una revelación, como uno de aquellos sueños de vacas y faraones, y ya no dudó en cuál era su camino.

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