martes, 16 de abril de 2013

EMMA



Emma nació en el campo, aunque no campesina. Sus padres, Cecilina y Egisto, regentaban el colmado local y la colmaron [sic] de todos los bienes materiales que su condición de hija única les permitía. No le faltaron a la niña juguetes caros, ni vestidos a la moda, en contraste con la mayoría de sus vecinas.

Tampoco careció de libros que la entretuviesen, pues Egisto había tenido sus veleidades con las letras; ni un piano donde aprender los rudimentos de solfeo, ya que Cecilina había estado a punto de dar el paso y convertirse en concertista, antes de que los bandazos que da a veces la vida la hubiera dejado varada en una tienda de aldea.

Emma creció pues con las ínfulas de la señorita refinada, obligada a convivir con gañanes que no levantan los ojos del terruño si no es para observar el color de las nubes. Llegada la edad de la sazón, la ninfa se sentía como una archiduquesa condenada al más cruel de los destierros. 

Falta de chicas lo suficientemente finas como para ser sus amigas y de chicos que pudieran merecer el más leve contacto, Emma convenció a sus padres para frecuentar los domingos los salones de baile de la ciudad cercana. Pronto se aficionó a tomar hasta allí el tren de cercanías. Al cabo de un año vino a casa acompañada. Se llamaba Flaviano y era el chulo más infame de toda la región.

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