sábado, 20 de abril de 2013

CIRIACA



Ciriaca era dulce y sensible como los estambres henchidos de polen movidos por el viento. De niña era en casa obediente y hacendosa, por lo que sus padres y padrinos la querían con locura,  y trabajadora y estudiosa en clase, lo que la granjeaba el aprecio de sus profesores. Pero Ciriaca tenía un grave problema, y éste no era otro que una enorme y ganchuda nariz de bruja en medio de la cara. 

Ciriaca pasó el cabo de Hornos de la adolescencia y se adentró en el ancho océano de la vida. Sus primeras experiencias amorosas habían sido penosas, por lo que su carácter se fue agriando y fue abandonándose en todos los sentidos. Dejó de arreglarse, acumuló varios quilos de más y dejó de cultivar su intelecto. Acabó trabajando en la oficinucha lóbrega de unos billares, llevando las cuentas del negocio. Allí entró en contacto con hampones bruscos y con garañones embrutecidos, que la animalizaron y borraron cualquier rastro de inocencia.

Rosendo era un chico enamorado desde niño de la música. Le hubiera gustado ser concertista o cantante solista de música melódica, pero su enorme nariz le vetó estas apetencias. Acabó tocando la batería en un grupo punk que iba por los pueblos, animando verbenas que siempre acababan en peleas a botellazos.
Cuando Rosendo franqueó una tarde de sábado la puerta de los billares, Ciriaca sintió que había llegado el hombre de su vida. Al besarse por vez primera, sus narices, lejos de resultar un estorbo, encajaron con la misma perfección gozosa con que lo hace la última pieza de un puzzle de diez mil. Ambos giraron la esquina de sus vidas al unísono y tomaron la avenida soleada de un futuro feliz.

5 comentarios:

Carlos de la Parra dijo...

Curiosamente su final feliz le llegó por la avenida narizona.
Se dan casos así de gentes que se identifican por haber sido víctimas de inacapacidades o defectos.
Las deseo lo mejor, aunque con un poco de esfuerzo pudo haber logrado alguna cirujía plástica y no abandonarse a la gordura.
Hay muchas narizonas que se r estar buenísimas.
De alguna forma Ciriaca demostró cierto grado de incompetencia.

Carlos de la Parra dijo...

Perdón por la errata, debe leerse:
Hay muchas narizonas que se salvan por estar buenísimas.
¿O no?

almanaque dijo...

Sí, Carlos, estos santos son cualquier cosa menos perfectos. Gracias por tus comentario.

Yolanda dijo...

Tu historia hace verdad aquello de "siempre hay un roto para un descosido" (o algo así).
Me encanta tu modo de narrar y he disfrutado con el feliz desenlace de estas dos víctimas del infortunio, o mejor, de su propia rendición, el abandono de uno mismo no conduce a nada bueno.

Felicidades por tus letras, son adictivas.

Un abrazo.

almanaque dijo...

Mis santos acaban a menudo de mala manera, pero así es el santoral, lleno de mártires como la vida misma. Qué bonito eso de compararme con una droga. Gracias, gracias, Yolanda, de veras.