domingo, 7 de abril de 2013

CESARIO



Sus padres pudieron haberle puesto Romeo o Calixto, con toda la carga de pasión implícita; o Justo o Constantino, dos nombres virtuosos; o bien Donato, o Nicéforo, o Valerio, que son nombres eufónicos e inocuos. Pero no, eligieron Cesario porque era el nombre de un poeta portugués.

Los padres de Cesario eran unos románticos de los que mandan versos a los concursos de la radio. Cuando la madre, Casta, quedó embarazada, Regino, el padre, se apresuró a comunicar a todos que su esposa estaba “en estado de buena esperanza”. Ambos se sentían muy felices y se miraban a los ojos y hacían planes y más planes para la nueva vida que bullía dentro de ella.

Cuando nació todo fueron atenciones, hijo y nieto único como era Cesario. Pronto aprendió a leer y enseguida a escribir sus primeros versos, que la feliz pareja se ocupó de enseñar a todo el mundo, incluidos el cartero y el recadero de la tienda. En cuanto Cesario fue un poco mayorcito, se organizaron veladas poéticas los viernes, en que el niño poeta recitaba y sus felices padres tocaban la bandurria y la flauta de pico. Los asistentes, bostezaban disimuladamente, y el niño Cesario desgranaba sus creaciones con el semblante serio de un burócrata de las letras. Solo Casta y Regino seguían viviendo en el país de más allá del arco iris.


Pero llegó la adolescencia con su cohorte de nuevas sensaciones. Un buen día, Cesario, interrumpió su recital, rompió en pedazos el poema y, lanzando los trocitos al aire sobre la concurrencia, como un granizo airado, salió de estampida con la cara roja y el gesto trémulo. “Y además no pienso morir tuberculoso”, chilló antes de dar un tremendo portazo.

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