sábado, 13 de abril de 2013

BALDOMERO



Baldomero nació gitano y acabó de capitán de barco. Esto dicho así parece incongruente, pero es que para Baldomero ser gitano era una profesión. Hijo de un registrador de la propiedad y de una señora orensana muy limpia, sintió desde la infancia una querencia irresistible hacia el flamenco. En cuanto supo hablar pidió a los Reyes Magos una guitarra, con la que empezó a tocar con maestría inigualable desde el instante en que el instrumento salió alborozado de la caja. Los familiares y vecinos de escalera quedaron admirados ante tal prodigio, aunque estos últimos trocaron pronto la admiración por un creciente grado de migraña.

Y es que el bendito niño tocaba desde que saltaba de la cuna hasta que se dormían todos los relojes de cuco del barrio. Tocaba bien, es verdad, pero hasta lo sublime aburre si se convierte en cotidiano.

 
Pasó el tiempo y Baldomero fue creciendo al ritmo que le marcaba el tamaño de sus guitarras. Empezó a amenizar las veladas en un pub local, pero su sueño era ser guitarrista de un cantante flamenco. Sus tres hermanos, Antígono, Basilio y Fortunato, no tenían ninguna inclinación canora, lo que le apenaba, pues siempre admiró a esos grupos familiares de artistas que viajan y trabajan juntos y concelebran cada actuación como si se tratara de una ceremonia religiosa.

No pudo ser, así que Baldomero tuvo que vagar por provincias apartadas, acompañando a distintos artistas en teatros de variedades ambulantes. Primero salían las chicas y mostraban sus cuerpos semidesnudos, surcados por cicatrices de operaciones de apendicitis y cesáreas. Ejecutaban coreografías zafias, burdas copias de las presentadas en el Folies Bergère, que ponían al respetable en estado de ululante celo. Mientras las vedettes descansaban, salía Baldomero con su cantaor y recibían sonoras pitadas de rechazo. Pero, he aquí que, pasado un rato, los silbidos cesaban y se hacía el silencio. 

Con el tiempo, Baldomero ocupó por sí mismo el espacio intermedio y, sin cantor alguno, llenaba la sala con los sonidos imposibles de su virtuosismo. Sin saber cómo, la masa de machos embravecidos con sensibilidad tendente al cero Farenheit se convirtió en un mar calmo de individuos subyugados por la música. Cuando, a estos episodios musicales, añadió un soliloquio que inducía a la conmiseración, el éxito se convirtió en algo homérico. Todas las televisiones se lo disputaban con ahínco. 

Que acabara de capitán de barco no es un hecho probado. Quizás el que haya llegado hasta nosotros su imagen a bordo de un yate, con gorra marinera y botones dorados, haya sido la causa del equívoco. Aunque otros dicen que acabó de patrón de una bacaladera, tras ser echado de los escenarios por Verónica, una monologuista que llevaba al paroxismo al público desplegando ante todos la verdadera imagen de la pena.  

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