lunes, 22 de abril de 2013

ABSALÓN



Absalón era hijo de un yesista y de una costurera. De niño era despierto y vivaracho, por lo que era festejado por las vecinas, aunque Atanasia, la madre, se dolía de que tuviera una cabeza desusadamente grande. A pesar de que su marido, Jovino, y otras personas lo negaran, y lo achacaran a una preocupación de madre primeriza, Atanasia no dejaba de llevar al pequeño cada martes a la peluquería de Simplicio, que le rebajaba la nuca y le trazaba un primoroso flequillo a punta de tijera.

Creció Absalón, y acaeció que llegó a la pubertad a la vez que penetraba en el país el rebufo de una revolución foránea. Entre los jóvenes se puso de moda el pelo largo, de modo que era un signo de modernidad y de independencia cultivar una abundante melena. Absalón, como era su deber, se opuso firmemente a los intentos de Atanasia de arrastrarse a la cita con Simplicio. Empezó pues el cabello del muchacho a rebasar las orejas y entrar por detrás en contacto con el cuello de la camisa. Se apercibió de ello el yesista, Jovino, a quien la repetición unida por guión de la primera sílaba de su oficio ponía en el disparador, y tomó cartas en el asunto. Una mañana, vio pasar al melenudo frente a la obra en que trabajaba y, espoleado por los denuestos de sus compañeros, con el mono blanco puesto asaltó a su vástago y lo intentó arrastrar por el cabello hasta la calle de al lado, donde Simplicio esperaba beatífico con una tijera en cada mano. No pudo ser, porque Absalón se batió heroicamente, logrando desasirse de las zarpas paternas, aunque no sin perder algunos mechones y un zapato. 

Absalón corrió por las calles, perseguido por la maldición del honrado yesista: “¡Absalón, Absalón, acabarás como Heraclio, ya verás!”. La frase quedó en el aire como una filacteria, mientras que tenderos y viandantes ejercían de figuras de un cuadro de El Bosco. Y es que Heraclio, otro melenudo del barrio, jugador y pendenciero, había acabado malamente hacía poco más de un año. Absalón pareció quedar congelado en su carrera, como si se hubiera convertido en yeso, pero fue cosa de un instante; enseguida reemprendió la loca carrera hacia su perdición. Y es que -lo que dijo Fridolino, uno del barrio-,  nadie escarmienta en cabeza ajena.

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