lunes, 1 de abril de 2013

ABILIO



A Abilio lo que le gustaba de verdad era “fuchicar”. Era éste un verbo muy utilizado en la familia, con el significado de andar siempre trasteando con cachivaches e intentando arreglar cacharros rotos.

Su padre, Pascasio, era ferroviario y en los descansos siempre encontraba alguna chapuza que hacer en su casa o en la del vecino que se descuidase. En cuanto a Flavia, la madre, no paraba de hacerle arreglos a la ropa, siendo las cremalleras, botones y corchetes sus particulares tornillos y bujías. 

De los hermanos el más apañado era Limneo, que atesoraba tuercas y tirafondos y los sometía a un exigente método de clasificación en las cajitas de madera que a ese efecto tenía. Abilio se aficionó desde niño a arreglar relojes y Limneo le ayudaba a tener bajo control las piezas, de modo que no faltaran ni sobraban al volver a montar el complejo mecanismo de ruedecillas, bielas y resortes. Pronto adquirió cierta fama entre los vecinos de escalera, que le llevaban el despertador cuando atrasaba. De ahí pasó a enfrascarse en los entresijos de los aparatos de radio primero y en las tripas de los transistores, en cuanto salieron al mercado.
Pero su gran pasión fueron enseguida los televisores, esos muebles enormes y henchidos de magia que la gente empezaba a colocar en el lugar de honor de la salita, donde antes ponían la capilla del Sagrado Corazón. De aquella, tener o no tener televisión se convirtió en esa línea divisoria que distinguía a los elegidos de los parias. Y es entonces cuando Abilio se embarca en el curso por correspondencia que le convertiría en un chamán a los ojos de sus conciudadanos. 

Las piezas las iba recibiendo en su hogar en envíos quincenales, contra reembolso, junto con las instrucciones en cuadernillos ilustrados. Limneo era el encargado de catalogar cada pieza, anotando en un cuaderno de tapas doradas su nombre y características, junto a un número de orden. Abilio, a falta de taller, se hizo un hueco en la despensa y, a la luz de una lámpara casi exangüe, iba componiendo poco a poco el aparato. 

El día que al fin la operación llegó a su cumbre, tras año y medio de paciencia, fue celebrado en toda la calle como un logro colectivo. En el salón de Pascasio y Flavia, se congregó un grupo elegido de vecinos para asistir al emocionante momento de comprobar si funcionaba el aparato. Tras conectar el cable al enchufe, y  encender el transformador anexo, hubo unos instantes de silencio tenso: la pantalla seguía inalterable en su convexo brillo blanquecino. Pero hubo un “plof” al que siguieron unos chisporroteos y luego unas rayas como de jersey de punto con cenefas. Fue entonces cuando Abilio se acercó al aparato con la prudencia del domador y la serenidad del oficiante, administró en el mueble un golpecito leve y seco, con solemnidad casi litúrgica, y el milagro se manifestó en toda su magnitud. La “carta de ajuste” emergió de la nada con la pureza prístina de un cuadro de Mondrian, con sus líneas purísimas tiradas a cordel. Todos aplaudieron extasiados. Desde entonces sus vidas no volvieron a ser las mismas.

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