sábado, 30 de marzo de 2013

SERENO



Cuando los vecinos de la calle gritan “¡sereno!” a grandes voces, invocando al operario que ha de franquearles la entrada a sus portales, no son conscientes de que pronuncian su nombre de pila. Sereno tampoco hace nunca nada por ponerlo en evidencia; se limita a acudir todo lo presto que le permiten sus cansadas piernas, a abrir el portón con las pesadas llaves y a extender la mano por si caen unas perras. 

Sereno nació en la época en que aún existían los hospicios, unos caserones paradójicamente inhóspitos poblados por monjitas que se deslizaban como sombras, casi levitando con el aleteo de sus aleves tocas por los amplios y fríos corredores. Sereno nació hijo de moza y, como tal, fue depositado en el torno situado a tales efectos en la puerta del susodicho asilo. Este era una pieza giratoria que garantizaba el anonimato de la entrega y tenía por servidora a sor Barbada, una monja lega, algo lerda pero bienintencionada y de vello menos hirsuto y abundante de lo que el lector está ya imaginando. 

El caso es que a don Dídimo, el capellán, se le ocurrió la humorada de poner al neófito Sereno, al llegar aquella mañana con una helada que le hizo exclamar: “¡cómo para pasar la noche al sereno!”. Y ni corto ni perezoso le atizó al infeliz el nombre que habría de condicionar toda su vida: Sereno Blanco, qué paradoja.

Y llegamos –después de elipsis impropia de una hagiografía- a la estampa de Sereno, viejo y cansado, al cabo de una vida tan monótona que apenas cabe distinguir dos efemérides: la primera, su nombramiento en el oficio, apenas llegado de la mili en África; la segunda no le tardará mucho en llegar.

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