jueves, 12 de diciembre de 2013

BEATRIZ



Un día de primavera, hermoso cómo sólo lo son los días de primavera en las novelas, Algerico se encontró con Beatriz. No fue en un jardín, ni fluían morosamente los perfumes de las flores, sino más bien flotaba sobre el polvo el espeso aroma grasiento de los churros; no había sombrillas ni abanicos, solo si acaso algún ridículo sombrero mejicano ganado en una tómbola. Pero Algerico miró a Beatriz en la verbena, bajo los sones de un “Only you” cantado por cuatro ganapanes, y se tendió al instante entre ambos ese hilo de oro inmaterial que tanto han cantado los poetas. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

AFRICANO



Hijo de Ezequiel y Magdalena, Africano soñó desde niño con vivir gestas prodigiosas. Lector temprano de novelas de aventuras, se imaginaba a sí mismo defendiendo un fuerte minúsculo contra millares de zulúes o haciendo de espía entre los derviches para conseguir devolver las cuatro plumas de la infamia.

El cine de los domingos suponía para Africano una experiencia sin parangón con las de la vida de diario. El hecho de enfilar el pasillo de la sala, con sus filas de sillas abatibles de madera a los lados y el olor a ozono-pino en derredor, producía en él la sensación inenarrable del que inicia el camino de la gloria. Luego se iba la luz y de la pared blanca del fondo emergían fieras salvajes, veleros, espadachines y los sonidos fascinantes de la vida. Cuando aparecía en la pantalla el “The end” y se cerraban las cortinas, Africano se sentía expulsado del mundo verdadero e impelido a ingresar de nuevo en la caverna de sucesos anodinos en que se movían como sombras sus familiares y vecinos.

Con esos antecedentes, Africano debería haber sido misionero o militar. Sin embargo ocurrió que se encontró con Terencio y con Zenón mientras hacía el bachillerato. Terencio tenía la fijación de ir a Egipto algún día y se pintaba los ojos como los faraones, lo que no le hacía ninguna gracia a don Beda, el prefecto, que le castigaba sin salir y le restregaba la cara con jabón lagarto. Zenón era un chico aún más raro. Mantenía la teoría de que el movimiento es una ilusión de los sentidos y los demás le tiraban balonazos en el recreo. A pesar de los morados, Zenón seguía defendiendo a capa y espada que el balón no llegaba nunca a su destino. 

Con Terencio y Zenón montó Africano una agencia de viajes, y consiguieron convencer a muchas personas de la necesidad de ver mundo, en una época en que los recién casados iban como mucho a ver a la Pilarica a Zaragoza y se recluían el resto de la vida a criar hijos para el cielo.

viernes, 25 de octubre de 2013

ANTONIO PAVONIO



Antonio Pavonio se dejaba engañar por todos. La cosa le venía de familia, pues sus padres y abuelos eran ya presa fácil de mercaderes, sablistas y trileros.
A su abuelo Anastasio le vendió un buhonero un crecepelo y se fue corriendo a contárselo a la abuela Casilda. Ambos esperaron semanas a que el ungüento propiciara algún brote, aún siquiera milimétrico, en el despejado cráneo del iluso. Fue inútil, aunque al final resultó ser el mejunje un buen abrillantador de cacerolas.

Su otra abuela, Valtrudis, se fió de un desconocido que le vino a medir la casa con no se sabe qué pretexto, sostuvo un cabo de la cinta métrica y, mientras, el angelito le robó las bandejas de plata del aparador.
Llovía pues sobre mojado, así es que Antonio Pavonio fue el hazmerreír desde la escuela. Los compañeros le engañaban jugando a las canicas, dándoselas de barro en lugar de las suyas de acero; le ofrecían bombones con sabor a pimienta y se reían mientras él los escupía disimuladamente en un rincón o le hacían  poner siempre al escondite, aunque no le tocara, con cualquier disculpa peregrina. Hasta los maestros le tomaban el pelo, animados por el ambiente, y le ponían a borrar pizarras aunque no estuviera castigado.
Ya adulto, Pavonio, se convirtió en presa preferida de vendedores de todo jaez, máxime cuando consiguió una plaza fija de empleado en la administración. Desde aparatos que traducían cuarenta y ocho idiomas, hasta purificadores de agua o el último aparato 3-D de cine en casa, o la sin par depuradora de ambientes con efecto pinar mediterráneo; en todo caía Antonio Pavonio, presa de su credulidad y de su nula resistencia a las presiones malintencionadas de los prójimos.

Llegó un momento en que su sueldo iba íntegro para pagar los diversos plazos mensuales y tenía que comer de limosna en casa de los pocos amigos que tenía. Estos le reconvenían sobre su actitud crédula y pusilánime, él hacía votos de acabar de pagar y no caer más. Pero era inútil, le venía una joven bien vestida a ofrecerle un abrillantador maravilloso de parqués, y firmaba el pedido de dos cajas sin atender a que sus suelos eran todos de moqueta. O bien le vendían la estupenda Enciclopedia Mundial del Fútbol en cincuenta lujosos volúmenes, cuando el bueno de Pavonio confundía a Vicente del Bosque con un pintor flamenco de temática simbólico-grotesca.

PERPETUO



Perpetuo no tuvo una infancia fácil. Su padre, Amancio, era butronero de profesión y pronto empezó a enseñarle el oficio. Junto a sus cinco hermanos, Jenaro,  Asincreto, Filarete, Bademo y Redento, salía temprano de su casa para encaminarse a las cloacas de la ciudad, donde ejercían su oficio. Eran todos enjutos y achaparrados. Los vecinos del barrio recuerdan aún la entrañable estampa de los siete, con sus gorros de faena y las herramientas al hombro, recortándose contra la luz del alba mientras entonaban una alegre tonada.

Su estatura y pericia les permitía moverse por las estrechas y laberínticas tripas de la urbe y llegar a cualquier parte donde se guardara algo de valor. Lo mismo les servía el almacén de una chacinería, como el de una quesería o un obrador, lo suyo era un trabajo de mera subsistencia. De hecho, durante mucho tiempo, todos pensaban que los estragos los producían las miríadas de ratas que pululaban por las cloacas, tan parecido era su modo de actuación.

Pero la confianza es mala consejera, sobre todo si se complica con la avaricia. Llegó un momento en que, envalentonado por sus éxitos, Amancio planeó con sus hijos el asalto a un almacén de delicatessen y eso les perdió, porque tras el primer golpe vinieron otros y llegó un momento en que sus organismos no conseguían procesar algo que no fuera caviar beluga o jamón de bellota. Alertada la policía por el repentino refinamiento de los gustos de los roedores, establecieron una esmerada vigilancia que llevó a la detención de la banda en pleno, sorprendidos en un “rincón del gourmet” mientras bebían champán francés a esgalla.

Así es como entró en prisión Perpétuo, siendo un jovenzuelo, y se encanalló en contacto con los veteranos más duros y violentos. Tenía que hacerse respetar y acabó siendo uno de los acosadores que ponían a prueba la capacidad de defensa de los nuevos. Llevaba ya un tiempo cuando coincidió con el que acabaría llamándose Alberto por mor de un rebautizamiento redentor. Tras los primeros tanteos, y comprobada la reciedumbre del interfecto, acabaron siendo colegas y mantuvieron la amistad una vez cumplidas las condenas.

Cuando Alberto consiguió la concejalía, tras su meritorio ascenso hacia la integración, se acordó de su amigo y, al tanto de su conocimiento perfecto del subsuelo, le hizo jefe da las brigadas de mantenimiento de alcantarillas y albañales. Andando el tiempo se irían incorporando el padre y los hermanos hasta constituirse en garantes de la paz y limpieza de los reinos oscuros que los ciudadanos en su ignorancia menosprecian.

Luego irían emergiendo poco a poco, como las ratas metafóricas en las novelas para intelectuales.

miércoles, 23 de octubre de 2013

AYBERTO



A Ayberto se le podría aplicar el tópico de ser “carne de prisión”, hasta el punto de que ya alguna vez, al ser compelido por algún funcionario a declarar su profesión, él había respondido sin cuidado ni rubor con un rotundo “recluso”. 

De Ayberto desconocemos sus orígenes y por tanto la filiación y nombre de sus padres, así como el hecho de si tiene o no hermanos. Por tanto el personaje se nos muestra de repente, como salido de un rincón mientras el lector estaba descuidado, a la luz incierta que se cuela entre las rejas y proyecta sobre su rostro sombras alargadas.

Ayberto en la prisión quiere portarse bien, pero Perpétuo, Maurelio y los otros  se lo impiden con sus provocaciones. “¡Ay, Berto! ¡Ay, Berto!”, exclaman en el patio, mientras realizan ademanes obscenos con implícitas alusiones sexuales. Así es que Ayberto no tiene más remedio que plantarles cara, se pelea, pone un ojo morado a Eterwino, el inductor,  y acaba en una celda de castigo.

Un día don Lotario, el capellán, llama a Ayberto a su despacho. Quiere saber por qué un hombre aún joven lleva tantas condenas en su haber. Le anima a hablar, a desahogarse, le pregunta entre otras cosas el porqué de su curioso nombre. Ayberto le abre su alma. Cuando le depositaron en el torno del hospicio era sólo un trozo bullente de carne anónima. Las monjas le pusieron Ayberto porque, ese mismo día, habían bautizado a otro inclusero como Alberto y, siendo ambos santos del día, a don Tetelmo le pareció bien la variante. Sus años de hospiciano fueron tristes. Sin embargo Alberto se hizo pronto con el cariño de las monjas, desde la estricta sor Aquilina, la superiora, a sor Ursulina, la maternal portera. Mientras Ayberto sufría castigos por no conseguir retener los nombres de los mártires, Alberto gozaba de una prístina memoria y de una clara inteligencia, que le permitía resolver los problemas de álgebra antes que Ayberto hubiera leído el enunciado. Al cumplir la edad reglamentaria, ambos salieron al siglo. Alberto enseguida se colocó de contable y acabó teniendo su familia y su dinerillo colocado adecuadamente en bolsa. Sin embargo él,  se duele Ayberto, no había hecho más que dar tumbos de pelea en pelea y de menudeo en menudeo, dando a menudo con sus huesos en prisión.

Quedose impresionado don Lotario y decidió proceder más como nigromante que como ministro del Señor. “Ven el domingo a la capilla, Ayberto”, le dijo escueto. Llegó el día y, ante todos los presentes, el capellán acercó a Ayberto a una palangana como improvisada pila bautismal y, con una jarra de metacrilato a falta de concha, irrigó la nuca del recluso con la no muy ortodoxa fórmula de “yo te rebautizo con el nombre de Alberto”.

martes, 8 de octubre de 2013

SIXTO



Los padres de Sixto, Amando y Batelina, eran gente corriente. Lo mismo Ventivolio, Catalina y Celso, los hermanos que lo precedieron. Sin embargo Sixto empezó ya de pequeño a ver luces y a recibir mensajes de otros mundos.

 Don Leonardo, el maestro, se lo advirtió bien claro a los padres: “a Sixto tienen que atarlo en corto, porque tiende a lo alto como un globo aerostático”. Los pobres Amando y Batelina le dijeron a todo que sí, pero no entendieron ni una papa. Qué será eso de “aerostático”, se preguntaban. Si es para ascender, tan malo no será, se hacían ellos la cuenta. Por si acaso fueron a hablar con don Metodio, el cura, y este les dijo, tras consultar un libro gordo y polvoriento, que lo que el docente quería decir es que el muchacho tenía apetencias que trascendían lo puramente cognoscible, lo que, lejos de aliviarles, les produjo más desasosiego.

Siguió Sixto con sus aficiones, y pronto comenzó a experimentar lo que él denominaba “avistamientos”, que para los demás eran aviones, nubes o reflejos y él se empeñaba en calificar como vehículos provenientes de otros mundos. Ni que decir tiene que todos en el pueblo ser reían de lo que calificaban de locuras. Sin embargo, la repetición y la reciedumbre son armas poderosas, sobre todo cuando el profeta es despierto y tiene el don de la palabra. Llegado Sixto a la mocedad, ya los adeptos a la causa eran casi la mitad, frente a los desconfiados y los tibios.

Salían de noche en grupo y volvían con fotos de luces y manchas ovaladas en el cielo. Luego les dio por coger una grabadora de casetes e irse al cementerio a recoger voces de muertos antiguos. Don Metodio se negó en redondo a esta impiedad pero, después que una emisora difundiera la noticia y el pueblo se hiciera popular con ello, fue convencido por los comerciantes y autoridades de los beneficios que esto reportaba a los vecinos y se plegó de mala gana al interés más venal y rastrero.

Pasó el tiempo y Sixto se convirtió en figura popular de los mass media. Daba conferencias por doquiera, participaba en mesas redondas en la tele, escribía libros ilustrados y su foto lucía estampillada en la prensa couché. Los padres no cabían en sí de gozo, igual que los hermanos, y don Máximo, el alcalde, encargó una efigie en piedra a cargo del erario a un escultor amigo suyo.

domingo, 6 de octubre de 2013

DÍDIMO



A Dídimo, desde temprana edad le entró por las meninges el deseo de convertirse en aviador. Y no es que le gustaran las alturas ni aspirase a hacer acrobacias en  el aire mientras desfilaban abajo las tropas victoriosas, no, que el mirar por el hueco de la escalera desde un tercero le producía un terror invencible. Lo que él quería, desde parvulitos es casarse con una maestra.

Nos hacemos cargo de que al lector actual, después de los modernismos que han transformado la visión secular de las cosas, le pueda resultar inaccesible la razón que haga de llave entre conceptos tan dispares. El hecho es que en aquellos lejanos tiempos la mujer aún no estaba presente en todos los ámbitos del trabajo remunerado, siendo los de maestra y enfermera casi los únicos oficios de prestigio fuera del habitual “sus labores”. 

Aclarado ese término, volvamos al relato. El niño Dídimo observaba como don Alberto, labrador de toda la vida, habíase casado con doña Emilia y adquirido así el tratamiento y una vida regalada. El tal “don”, había dejado el arado en el corral y se dedicaba a dar escuela durante los embarazos de su esposa y a “aviar” el puchero el resto del tiempo. Y de ahí lo de aviador.

Dídimo tenía además la referencia de su tío Zenón, un pensador de secano, sin oficio ni beneficio que vivía como un rey en la ciudad, emparejado con una profesora de colegio de postín. 

Fue creciendo Dídimo con estas cuitas tan impropias de su edad. Don Alberto había tenido suerte, pero ya no quedaban maestras solteras por los alrededores. ¿Dónde buscar?, se preguntaba. Entre unas cosas y otras le llegó la edad de servir a la patria, que era entonces un momento que llegaba de golpe, como la navidad o las enfermedades,  y transformaba al mozo más endeble y pusilánime en un campeón velludo y aguerrido como el Cid.

lunes, 30 de septiembre de 2013

ALEGRÍA



Cuando Liduvina le dijo a Isidoro que pensaba poner Alegría a la hija que esperaba, este torció el hocico. Isidoro regentaba un bar donde iban a parar todos los tristes. Era un local antiguo, de barra alta, veladores de mármol renegridos y paredes pintadas de marrón. Todas las cafeterías del barrio, e incluso las cantinas más infectas, habían ya cambiado de cara por entonces. Las barras eran ahora bajas y recubiertas de paneles brillantes de material sintético, tenían focos de colores situados encima y taburetes de skay alrededor. Los techos eran falsas chapas de escayola y las botellas no estaban situadas en peanas, ocupando toda la pared del fondo, al modo de retablos de ermita profana bajo la advocación de Anís del Mono, sino discretamente almacenadas en un altillo.

El mundo había cambiado, pero no el bar Isidoro, que concitaba a una pléyade de parroquianos que habían ido paulatinamente huyendo de los locales luminosos, con paredes colonizadas por tubos de neón que invadían el espacio como ramilletes de flores del mal.
Los parroquianos de Isidoro eran una especie a extinguir, pero se merecían un lugar donde estar, donde rumiar su amargura y hablar de sus eczemas, de su hígado graso, de sus hijos en paro y de su impotencia espiritual y orgánica. Isidoro se debía a ellos como un misionero se debe a sus leprosos. Su misión en el mundo era mantener intacto el ámbito donde estas gentes podían dar pábulo a su desamparo sin sentirse fuera de lugar.

Por eso cuando Liduvina le vino con aquello, no pudo evitar sumirse en un silencio espeso. Agatopo, Ecio y Ulderico habían salido circunspectos como el padre, por lo que desde muy niños pudieron pulular entre las mesas del bar sin desnaturalizar el ambiente mefítico del santuario. Ahora, diez años después, Liduvina le sorprendía con esta gestación tardía, de una hembra para más inri, y además esa patochada del nombre. “Alegría, Alegría”, repetía por lo bajo con sarcasmo Sidoro, pensando en el afecto disolvente que podría causar una niña parlanchina y pizpireta entre aquella mesnada de desesperados, y por si fuera poco con ese nombre de rifa de tómbola.

Dejamos a Isidoro encerrado en su mutismo, mientras Liduvina prepara con ilusión su canastilla. “Ya se le pasará. De esta lo cambio”, decía mientras para sus adentros.

lunes, 23 de septiembre de 2013

PANCRACIO



Pancracio fue el primer hijo de Engracia y Donato, y el primer nieto de Guiomar. El niño creció hermoso y alegre, lo que acrecentó las ya de por sí rendidas atenciones y mimos de los tres. Como todos los niños, el querubín tenía costumbre de señalar con el dedito todo lo que llamaba su atención, hábito que, lejos de serle reprochado como suele hacerse, se celebraba con risas y chanzas. 

El hecho que convirtió ese gesto en genuino ocurrió, según cierto cronista, como sigue. La abuela Guiomar, tras una vida ajetreada por su afición a perseguir poetas, se había refugiado en la repostería, y sus dulces cobraron fama entre sus convecinos. Una tarde había horneado Guiomar una buena bandeja de exquisitas rosquillas cuando escuchó el “tero una” de Pancracito, dedo señalador en ristre, y reaccionó sin pensar colocando la masita con agujero en el apéndice erecto del chiquillo, que prorrumpió de inmediato en sonoras carcajadas de gozo.

Desde ese temprano acontecimiento, el gesto de Pancracio se convirtió en un rasgo distintivo de su personalidad. En su etapa escolar fue un campeón en levantamiento de dedo en clase, lo que le granjeó la animadversión de sus compañeros, que le acusaban de empollón y acusica. Pero el pobre Pancracio no podía evitarlo y tuvo que convivir con su tara hasta finalizar el bachiller.

Cuando iba por la calle, no podía por menos de señalar todo lo que llamaba su atención, lo mismo fuera un mendigo, que un jorobado o una pareja de novios en actitud comprometida. Esto como es obvio le procuraba algunos conflictos, pero ya era tarde para corregir un vicio tan acendrado, por lo que doña Angélica llegó a sacarle a la calle con el brazo en cabestrillo para evitar males mayores.
A pesar de todo, siguió el joven con su costumbre inveterada hasta llegada la época de las quintas. En el cuartel se ganó algunas reprimendas, pasando a ser recogida por escrito la de un desfile en que, justo al pasar frente a la tribuna de autoridades, se puso a señalar con el dedo bien alto a la escuadrilla de los cazabombarderos. 

Tuvo problemas laborales y también en el amor, pues no podía reprimir su impulso de señalar ostensiblemente en las situaciones más inconvenientes, verbigracia cuando el jefe se encerraba en su despacho con Angélica o, peor todavía, cuando paseaba con su novia y veía a otra señorita que le llamaba la atención. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

ELBA



Cuando María Egipciaca le preguntó a Nicesio, a la vuelta del Ayuntamiento, que cómo le había puesto y éste le contestó que Elba, la recién parida estalló en un mar de improperios. “Pero cómo se te ocurre –decía- poner a nuestra hija un nombre que ni es cristiano, pudiendo ponerla Flodoberta, por ejemplo, que está en el libro de misa, sin ir más lejos”. Pero Nicesio siempre fue un excéntrico -ya se lo había advertido bien su madre, doña Teodosia cuando se hicieron novios-  y le salió con la tontuna de que había un río en Alemania que se llamaba así. 

No se puede decir, sin riesgo de equivocarse, que estas cosas puedan incidir en el devenir, pero el caso es que Elba creció, se casó con Eutimio, un guapo mozo sin oficio, y ambos se fueron a trabajar a Hamburgo. Eutimio encontró pronto empleo en una fábrica de coches, mientras Elba se colocaba de encargada de la ropa blanca en un hotel. No fue hasta pasado un mes cuando, paseando por uno de los numerosos puentes de la ciudad, se enteraron de que el enorme cauce de agua que discurría bajo sus pies era el famoso río Elba que dijera Nicesio en su día, y nadie le creyera. Los jóvenes esposos  tomaron este hecho como un buen augurio y así fue. 

viernes, 20 de septiembre de 2013

VALERIO



Valerio nació en un portal en el que no había ni pesebre. Tampoco vaca ni buey que lo calentaran con su aliento. Afortunadamente estaba Urbicia, la portera, que por suerte para el neonato acababa de perder un hijo y estaba pletórica de líquido nutricio.

Urbicia y Quinciano, su esposo, fueron los únicos padres que conoció Valerio, pues de su madre biológica, la que lo dejara abandonado en el propio chiscón de los porteros, no se supo nunca nada.
Valerio creció en el reducido ámbito habilitado para el servicio en una casa de gente acomodada, lo que alimentó probablemente su vocación futura. Su condición de hijo único, pues Urbicia no tuvo nueva descendencia, acrecentó en el chaval el gusto por leer novelas del oeste. Bien en la oscura cocina del entresuelo en que vivían, o acodado en el ventanuco de la portería, no dejaba Valerio de leer las aventuras de aquellos titanes de seis pies de altura y anchos hombros que sabían meter una bala del 45 entre los ojos a un hombre sin dejar de silbar “My darling Clementine”.

En cuanto pudo, alquiló un tabuco donde vender y alquilar tebeos. Pronto se hizo famoso también como lugar de intercambio de novelas. En un banco largo sin respaldo se concitaba lo más granado del far west local: Celso, un chico alto con gafas que llevaba un farol el día del Cristo; Macario, un chaval brutote pero noble que leía un poco cuando no estaba con su vaca y Venancio, un poeta en ciernes que acabaría siendo maldito de verdad.  Le fue bien a Valerio y su kiosco se convirtió en lugar de referencia en la ciudad. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

RENOVATO



  Que los niños son crueles y que la infancia no es ese paraíso de bondad e inocencia que nos han vendido, es algo que todo el mundo sabe, exceptuando algún alma cándida que se empeña en engañarse. A Renovato en la escuela le llamaban Reno, por abreviar, y si se libró de que le atormentaran preguntándole que posición ocupaba en la reata de Santa Claus, no fue por la presunta bondad de sus compañeros, sino porque, en aquellos lejanos días, el gordo bonachón de la campana era aún un imberbe muchachito con tipo de bailarín de tango.

Pero la condena no hizo más que aplazarse, pues su época de sufrimiento comenzó con el llamamiento a filas. En cuanto el joven Renovato hizo su entrada en el campamento de reclutas, una voz unánime lo rebautizó como Re-novato, o sea “novato doble” y del mismo modo se duplicaron las crueles bromas. Desde duchas frías hasta simulaciones eróticas con la almohada, pasando por bailar con el “chopo” o cantar desde dentro de una taquilla, todas las perrerías habituales le fueron aplicadas.

Pero Renovato no se doblegó, antes bien se creció en el castigo. Acabado el compromiso con la patria, se licenció y decidió entrar en religión. Como él decía a menudo:  “el castigo moral de los inicios de la vida castrense ha templado mi carácter hasta hacerme inmune a cualquier eventualidad futura”.  Ingresó pues en un seminario donde, a pesar del frío intenso y las raciones magras, no decayó ni un momento su entusiasmo. Entró en conocimiento allí con Pastor, que había vivido la gracia de una intensa experiencia mariana. Con él y otro compañero, de nombre Anesio, descubrió en la biblioteca, entre “Energía y pureza” y “La perfecta casada”, un tomo perdido de las obras completas de Bakunin, cuya lectura estuvo a punto de minar el vigor de su espíritu. Convencidos por las proclamas del impío, fundaron el RPA (Reverendos Padres Ácratas), pretendida corriente de opinión dentro del aggiornamiento que empezaba a estar de moda. La cosa quedó en pecadillo de juventud al enterarse don Acacio, el prefecto, que les dispersó como a la mala hierba, mandando a cada uno a un lugar distinto de la geografía patria.

jueves, 5 de septiembre de 2013

PASTOR



Los padres de Pastor, Clinio y Osburga, tenían al nacer este un buen rebaño de merinas. No es raro entonces que Pastor, desde que aprendiera a andar, estuviese en contacto directo con el apacentamiento de rebaños. 

A los seis años tenía ya su pequeño morral y su zamarra, confeccionados con las materias primas que los propios animales le ofrecían. A los ocho, Mamerto, el pastor más veterano, hizo para Pastor su primera flauta con la corteza de una vara verde. A los diez años, aconteció un hecho extraordinario, y es que el joven Pastor vio a la Virgen sobre el tocón de un roble. No hubo haces de luz saliendo de las nubes, ni voces celestiales con reverberación estereofónica. Simplemente estaba Pastor comiendo queso, oyó que le chistaban y vio allí al lado, a contraluz, una mujer muy guapa, con ropón azul clarito, que le habló de esta manera: “Pastorcito, soy tu madre del cielo, prométeme que vas a ser pastor, pero de almas”.
Volvió Pastor a casa grandemente agitado y contole a sus padres lo ocurrido. Acudieron a don Régulo, un varón piadoso, que por favorecer el buen fin de vocación tan tierna como esta, tuvo a bien patrocinar su entrada en el seminario diocesano. 

Tras doce años de estudio y oración, salió Pastor de cantamisano. Se plantó un mayo para solaz de los mozos y se hizo una enramada bajo la que pasó el nuevo ministro revestido, provocando el llanto gozoso de la madre, Osburga, y el varonil orgullo de, Clinio, su progenitor. 

lunes, 2 de septiembre de 2013

JONÁS



Jonás nació, de Derfruta y Constantino, en un pueblo tan del interior que nadie había visto nunca el mar. Un tal Simplicio, que tenía un tío en La Habana, andaba diciendo que en el mar había mucha más agua que en la alberca local y todos se reían de él. 

El caso es que Mácula, la bruja del lugar, vaticinó un buen día que Jonás acabaría comido por un pez y todos lo tomaron a guasa. ¿Qué pescado podría haber tan grande? –decía Constantino en el bar de Saturo. Todos convenían en que eso era imposible y entrechocaban los vasos de vinazo barato. 

Pero, hete aquí que llegó para Jonás el sorteo de los quintos y le tocó en territorios de ultramar. Un hecho así jamás había ocurrido, o al menos los más viejos no tenían noticia de ello. Su tío Bertoldo, que tenía amistad con militares, hizo lo imposible por librarle, pues le entró la duda de que Simplicio no tuviera algo de razón. Por otro lado, don Pastor, el cura, leyó un día en misa una historia sobre un pez gigante que les recordó lo dicho por Mácula en su día.

Pero no hubo nada que hacer y Jonás pasó tres años de servicio sin novedad alguna. Eso sí, desde entonces Simplicio pasó de ser tonto oficial del pueblo a persona a quien todos confiaban sus problemas.

sábado, 31 de agosto de 2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

ZANITO



A Zanito nadie le tomaba en serio. De niño tenía la cara redonda, mofletes encarnados y orejas de soplillo. Era ir de visita con sus padres y ya estaba todo el mundo riéndole las gracias.

Lo peor era que Zanito no tenía ninguna intención de hacer reír. Desde muy pequeño sus pensamientos se prendaron de los problemas más profundos y, sin querer, se pasaba el día dándole vueltas a la injusticia del mundo, al origen del odio entre las gentes o a las preguntas rituales sobre el origen y el devenir de la existencia. 

Así es que cuando la tía Augusta decía alborozada “qué niño más gracioso”, Zanito se reconcomía con la frustración de provocar hilaridad, mientras se torturaba con la imagen de un niño que había visto pidiendo en un tranvía.

Era Zanito hijo único de don Bercario y doña Lidia, y querían ellos que su vástago fuera médico como el padre. Bercario procedía de una familia de agricultores y había conseguido medrar, a pesar de los disgustos que una hermana casquivana le diera a la familia. La tal tía de Zanito, tuvo la desvergüenza de cambiar de nombre y huir para siempre, por lo que no era mencionada de otra forma que no fuese “aquella desgraciada”. Doña Lidia era una de esas mujeres de la buena sociedad, cuyo problema existencial más acuciante no iba más allá de elegir manga pegada o raglán cuando iba a la boutique. 

En ese caldo de cultivo y con un montón de tías solteras empeñadas en disfrutar de su “pequeñín gracioso de cara de rosa”, Zanito vivía el drama interno del filósofo que da una charla sobre la trascendencia del ser y todo el público prorrumpe en carcajadas.

Zanito ingresa en la universidad y se licencia en Medicina. Se especializa en pulmón y corazón y abre consulta, pero los tísicos no pueden menos que soltar la risa floja en cuento ven su cara, y acaban con ataques de tos que agravan su dolencia. Y es que el Zanito adulto es aún más cómico, pues conserva los mofletes de la infancia y la cabeza grande que, con el pelo ralo y las orejas salientes, corona un cuerpo raquítico y con chepa. Para más inri, la voz tampoco acompaña para dar gravedad al conjunto, pues es nasal y un tanto carrasposa. 

lunes, 26 de agosto de 2013

VÚLFURA




Dicen que, cuando don Eutiquio vertió sobre la neófita el agua bendita, surgió un crepitar de vapores al contacto de su piel. Eso desconcertó al buen cura e inquietó a los padres de la niña, Casiano y Tecla.

Vúlfura creció apacible y dulce, obedecía a sus padres y estudiaba las lecciones que don Arpilas, el maestro, le mandaba. Los domingos asistía a misa como era de precepto y contestaba a los latines con suma corrección. Sin embargo, los demás creían observar en ella como un halo demoníaco que les hacía mirarla con recelo.

Sus hermanos Bercario, Cuadrato e Ireneo, eran aceptados por todo el pueblo como dechados de corrección y bonhomía, y lo mismo sus padres y familia. Sin embargo, Vúlfura concitaba sobre sí todas las energías negativas de la comunidad. Era como si un dedo de otro mundo la hubiera señalado para concentrar en ella el contenido non sancto de todas las conciencias. Como es sabido, la mente humana es un laberinto de pasiones inconfesas que, a veces, necesitan de una vía de escape en forma de chivo expiatorio o cabra de los palos. 

Llegó para Vúlfura la época del amor y sintió como, uno a uno, sus posibles pretendientes se inhibían y se iban alejando. Hubo uno, un tal Marciano, que se atrevió a pedirle relaciones, pero acabó cediendo ante la presión que sin palabras ejercían sus vecinos y ascendientes.

viernes, 23 de agosto de 2013

CAMINO



A Camino la llamaban siempre Caminín, porque lo de Camino sonaba un poco brusco y porque había nacido en una tierra donde abundaban diminutivos como guapín, majín y chavalín.

Sus padres, Pelagio y Rebeca, eligieron ese nombre porque les recordaba su experiencia como peregrinos, cuando tenían veinte años y muchas ilusiones. Se conocieron en la facultad de Arte y decidieron ir andando a Compostela, en unos tiempos en que el Camino aún no se había convertido en una pista de trekking recorrida por miríadas de turistas encuadrados en rebaños de mayor o menor cuantía.

El viaje a pie les descubrió una dimensión del tiempo y del espacio propia de épocas ya pasadas. Recorrieron tierras de secano donde anidaba la avutarda, admiraron el taqueado jaqués de las iglesias y se adentraron en los bosques gallegos donde pululara el lobishome. Se enamoraron en O Cebreiro y pasado Melide ya habían decidido tener una hija llamada Camino.

No ocurrió ello de inmediato, ni siquiera en los años inmediatamente posteriores, sino que hubieron de esperar a terminar la carrera y a encontrar un trabajo que les permitiera sobrevivir decentemente. En el caso de Rebeca, fue de lavacabezas en una peluquería y, en el de Pelagio, de dependiente en una tienda de cortinas. Estaban contentos porque al menos –decían- eran ocupaciones que tenían, si bien de lejos, un trasfondo relacionado con la estética. 

Conseguido el objetivo de independizarse, alquilaron los jóvenes un piso y se pusieron por la labor, tantos años postpuesta, de engendrar a Caminín, lo que consiguieron más pronto que tarde, dado el tesón y el ardor con que tramitaron el empeño.

lunes, 19 de agosto de 2013

SEGUNDO



Después de Adelmo, Hildelita y Latino tuvieron a Segundo. Luego vino Rómulo, porque don Latino había visto una foto en el Espasa de unos niños mamando de una loba.

Segundo siempre llevó mal eso de no ser el primero. En parvulitos se peleó con Agapio, que siempre llegaba antes a la fila. En los primeros cursos era Epigmenio su enemigo, un empollón cegato que se sabía hasta las formas verbales que no estaban en el libro. Así siguió hasta la universidad, en que topó con Berta, una chica lista que además estaba como un queso.

Allí empezó Segundo a flaquear, atrapado en la paradoja de odiar el alma de su competidor y amar las sinuosidades de su cuerpo mortal. Nunca se le había presentado ese problema hasta el momento, pues en el pueblo un cantazo bien dado o una oportuna zancadilla junto al charco más fangoso de la calle, le habían ido solucionando las pendencias.

Estaba el buen Segundo atrapado en la encrucijada entre su animalidad más primitiva y un sentimiento nuevo que no sabía como torear, cuando entró en escena Simón, un premio extraordinario de bachillerato, deportista y juncal.

domingo, 18 de agosto de 2013

TORIBIO



“Toribio, saca la lengua, que la tienes colorada, por comer chocolate de madrugada”. Esa fue la cantinela que Toribio escuchó desde el mismo día de su bautizo y hasta el momento en que conoció a Sibilina.

Toribio fue un niño un poco retraído y desarrolló una aversión empedernida hacia todo producto que tuviera que ver, aún lejanamente, con el cacao. Y es que su defensa era desgañitarse gritando “mentira cochina, no tomo chocolate”, en cuanto amigos, parientes o vecinos le salían con la cancioncilla. Como en la vida suele ocurrir, el efecto era justamente el contrario al pretendido, y el pobre Toribio se veía azacaneado una vez y otra por sus próximos, incluidos sus propios hermanos, Agnelo, Pelagia y Esparquio.

Llegole el momento del servicio militar y el pobre Toribio se sintió liberado, pues en Melilla, un destino tan lejano, nadie habría de saber el ripio de sus pecados. Así fue los tres primeros meses, hasta que se incorporó un tal Benito, oriundo de un pueblo vecino al suyo y de una beatitud solo supuesta. El tal sujeto soltó la retahíla en la primera ocasión, en la cantina, y volvió la pesadilla a machacar la moral del recluta.
Ocurrió que, en un paseo dominical, acudió Toribio a un burdel, más por olvidar su martirio que por verdadero afán venéreo, y se encontró allí con Sibilina, una puta resabiada con fama de hechicera. El quinto cumplió con largueza, según consta en algunas fuentes, y luego se estableció diálogo distendido con la trabajadora del amor. Tanto fue así que salió a colación el motivo de disgusto del muchacho y Sibilina, encariñada y satisfecha, prometió librarle del baldón. Desde ese día, en cuanto alguien empezaba la salmodia, de inmediato quedaba su lengua pegada al paladar, lo mismo fuera el ofensor soldado raso, moro o regular. El efecto disuasorio corrió como la pólvora.

miércoles, 31 de julio de 2013

BIENVENIDO



Bienve siempre fue muy callado. Ya de bebé era serio y formal y, aunque sin llegar al extremo de dejar de mamar en cuaresma, evitaba lloros y gorjeos en las horas de sueño de sus progenitores. Y es que se sentía obligado con Basilio y Reinalda, unos padres tan ejemplares  como para poner Bienvenido a su séptimo vástago, después de engendrar seis machos “buscando la niña”.

Ni que decir tiene que Bienvenido fue un alumno ideal en la escuela, hasta el punto que doña Lea, la profesora de Lengua, no cesaba de repetir a quien la oyera que era un niño “de los que te quieres llevar para casa”, lo que tenía a Basilio al borde de la denuncia por peligro de rapto inminente. 

Llegado el momento de servir a la patria, fue Bienve recluta ideal, por lo discreto y cumplidor, lo que lo elevó a la dignidad de ordenanza de un comandante llamado Zacarías, con fama del altivo por haberse pasado la juventud viviendo en las copas de los árboles.

Buscó Bienvenido trabajo a la vuelta del ejercicio de las armas y lo halló en la tienda de don Avito y doña Calínica, que lo trataron con el cariño destinado al hijo que nunca tuvieron. Tenían eso sí una hija, Basilisa, con quien Natura no había sido precisamente pródiga, pero que era buena y honrada hasta la médula. Para que aquello acabara en boda no tuvieron los hados que hacer grandes esfuerzos.

Vinieron los hijos, se nutrieron, crecieron y a su vez se multiplicaron. Bienvenido y Basilisa llegaron a esa edad apacible en que uno se sienta a la puerta de casa y mira hacia atrás desde la última vuelta del camino. Y sucedió entonces el fenómeno. Precisamente el día en que le llegó a Bienve la carta de la jubilación, emitió un sonido gutural, algo así como un “yuju” mezcla entre el grito de triunfo de Chita y el estertor de King Kong al caer del rascacielos, y se fue corriendo hacia a la calle.

martes, 30 de julio de 2013

LUPICINIO



Que Serapio, cada vez que iba a buscar a su mejor amigo, dijese aquello de “me voy a una casa de lupicinio”, y se riese como un poseso, no extrañaba ya a nadie. Serapio era un alma de dios, una de esas personas incapaces de matar a una mosca, franco y campechano hasta la hez, con el único defecto de ser desesperadamente pelma.

Como en el pueblo ya le conocían, le reían los chistes por compromiso y se iban a sus quehaceres tan contentos. No ocurría así con los forasteros que, ignorantes de la capacidad innata de Serapio para secar las meninges al más pintado, con sus chistes repetidos mil y una veces, se arrimaban al presunto “inocente” y hasta soltaban la carcajada de buena fe. Entonces Serapio se venía arriba y era capaz de sacar todo su potencial de artillería verbal hasta que el iluso empezaba a olerse la tostada y reculaba hacia lugar seguro con los hemisferios de su cerebro a punto de fundirse en una sola y gelatinosa masa informe.

Aquella tarde había recalado en lo de Justiniano, un matrimonio fino de la capital. El se llamaba Edeo y era ducho en temas de regadío. Ella, doña Calicina, ejercía de inspectora del magisterio nacional. Ambos tomaban un vermohut con aceitunas cuando advirtió Serapio su presencia y empezó a soltar toda una sarta de chistes ordinarios, salpicados aquí y allá de impertinencias y lisuras varias, que pronto hicieron torcer el morro a ambos esposos. 

A punto estaban ya de acudir a los servicios de la benemérita cuando apareció el bueno de Lupo. Y es que siempre hay un roto para un descosido y Lupicinio era en este caso el siete correspondiente a las burdas puntadas de Serapio.

De Lupicinio se desconoce casi todo, empezando por el nombre de sus padres. Parece ser que llegó al pueblo tras salir de la inclusa por mayoría de edad y se colocó de ayudante del sastre, pues era bastante apañado y sabía además de cuentas. Algunos emparentan su origen con oscuros sucesos acaecidos en una casa de “lupicinio”, como decía Serapio, que –a lo tonto, como era usual en él- se acercaba a la verdad sin sospecharlo.

viernes, 26 de julio de 2013

SANDRA



Sandra se enamoró de Ambrosio en un guateque. Chico tímido y bastante miope, Ambros había sido relegado al rincón del pick-up, donde colocaba los microsurcos bajo la aguja, con cuidado de que no se rayasen, mientras los demás chicos se arrimaban a sus parejas en las piezas lentas. Estaba sonando “Black is black” cuando Sandra reparó en él y decidió seducirle.

A diferencia de Ambrosio, Sandra era una chica vivaz y experimentada en las lides amatorias y, aburrida de tratar con pijos y guaperas insulsos, se acercó a aquel raro ejemplar de gafas gruesas y patillas a lo Elvis por puro aburrimiento. Cuando, tras mil estratagemas para hacerle desertar de su deber de disk-hockey, consiguió que la besara, Sandra se vio presa de una sensación que habría de marcarla de por vida. Era una sensación cálida, excitante y dulce que puso todos sus nervios en tensión y, a la vez, consiguió que un flujo de paz universal calara hasta la más recóndita de sus dendritas y el más íntimo de sus axones.

No fue hasta el tercer mes de noviazgo cuando Ambrosio le confesó el secreto de esa arma de seducción que a él mismo había pillado de improviso. Resultó que el sensible y primoroso pinchadiscos llevaba libando hidromiel como casi único alimento desde que su madre, Matrona, preocupada por su inapetencia, le creara esa adicción en su infancia. De ahí que la dulzura hubiera penetrado todas las fibras de su cuerpo y generara en su partenaire el efecto descrito anteriormente. 

Sandra fue feliz dos meses más con aquel querubín tan amoroso que le hablaba de los dioses del Olimpo y le componía poemas líricos con acróstico. Pero un día oyó cierto comentario en la escalera, otro sorprendió un guiño cómplice, y se enteró al fin de que el infeliz estaba ejerciendo de hombre objeto con todas las vecinas, alertadas por el boca a boca –stricto sensu- de los dulces placeres que anidaban en aquel pan sin sal.
El descubrimiento fue como un mazazo del que Sandra no se recuperó. A pesar de los ramos de rosas que Ambros le envió durante días, hasta acabar por inundar el recibidor y la escalera, la muchacha acabó cogiendo un tren de madrugada, rumbo a un lugar desconocido del que nunca regresó.

martes, 23 de julio de 2013

APOLONIO



Apolonio era rico de cuna. Había sido mecido por niñeras y alimentado por amas de cría. Costureras primorosas cosieron sus trajecitos de paseo y criadas de uniforme le abrían la puerta cuando, mozalbete, llegaba del colegio y le llamaban “señorito”. Su padre, Pancracio, era un terrateniente amante de los libros de santos, que atesoraba en una enorme biblioteca. Su madre, Sibila, cuando no estaba en corridas benéficas o en rastrillos de caridad, echaba las cartas a sus amigas en el salón de té. 

La vida sonreía a Apolonio, que empezó Derecho en una facultad de tronío y contaba con Auxiliano para que le acompañara portando sus libros y cuadernos. El tal Auxiliano era un mozo más o menos de su edad, rescatado de la inclusa, con el que Apolonio llegó a trabar una amistad nacida del roce cotidiano. Por ese lado llegó la anagnórisis que cambiaría radicalmente el luminoso rumbo de Apolonio en pos del destino más prístino y la vida más honrosa. 

Y es que Auxiliano le fue desvelando hechos que despertaron en el señorito la sospecha de no ser quien creía ser, sino hijo natural de Ida, una criada surgida de la nada que llegó preñada y murió al poco. Persiguiendo a preguntas a sus presuntos padres, estos acabaron por confesar que había sido adoptado, lo que le trastornó hasta el punto de huir de casa en pos de unas raíces oscuras e inciertas.

jueves, 18 de julio de 2013

BRAULIO



Don Braulio era pequeño y sosegado. No era de esos profesores que asustasen a los discentes gritando ni, mucho menos aún, que sacasen la mano a pasear, como pasaba aún a menudo en aquellos tiempos heroicos. Braulio llegaba a clase con la carpetilla de las notas apretada contra el pecho, con ademán torero; topaba con la tarima y ascendía a ella con una gran zancada, como un ganador de los cien metros lisos que tuviese prisa en ponerse en lo alto del podium.

Una vez en sus dominios, don Braulio cogía una tiza y se quedaba parado con ella en alto, como hacen los directores de orquesta cuando piden silencio antes de arremeter las primeras notas con gesto impetuoso y firme. Lograda ya la calma necesaria, comenzaba a dibujar en la pizarra los símbolos del álgebra con la morosidad y el cariño de quien teje un tapiz.

Don Braulio, claro está, no había nacido siendo profesor de matemáticas. A su debido tiempo había sido niño, e incluso mamoncejo, que es como llamaban en su pueblo a los niños de pecho. Entonces don Braulio era Braulito, un infante de los que ahora se diría que no alcanzan el percentil adecuado a su edad. Entonces se conformaban con llamarle renacuajo. 

Su padre, Tétrico, quedo viudo el día que Braulio vio la luz y nunca llegó a perdonárselo. Se le acentuó la cualidad del nombre hasta límites extremos. Su perpetuo traje de luto contrastaba con la palidez de su rostro, lo que unido a su expresión distante, hacía huir a los convecinos a su paso. La niñez de Braulio no fue lo que se dice un valle de rosas, de ahí que cuando pasó por la escuela el reclutador de los dominicos no dudara un momento en enrolarse entre los vendimiadores del Señor. 

Llegó a vestir sotana, lo que le asemejaba, dadas sus proporciones, a una calabaza que flotara en el éter. Los compañeros le llamaban Zeppelin, aunque se buen oído musical le aupó a ocupar cargo de solista en el coro y le granjeó simpatías que compensaban su autoestima dañada.

El hambre, el frío y el deseo de conocer mujer, truncaron por ese orden la vocación del mozalbete. Tras salvar el escollo del rector, don Frigidiano,  que se negaba a admitir su abandono, Braulio consiguió matricularse en Exactas con beca y descubrió su verdadero lugar en el mundo.

miércoles, 10 de julio de 2013

JOSÉ



José un buen día empezó a encontrar raro su nombre. Fue después de comer callos con garbanzos en un barucho del centro que solía frecuentar, tras una mañana ajetreada en que había conseguido colocar un buen plan de pensiones a un infeliz llamado Deseado. “Qué nombre pintoresco” –pensó- e, inconscientemente, lo comparó con la sencillez y clasicismo del propio; pero, en algún rincón de su cerebro, esas dos sílabas, Jo-sé, sonaron con la reverberación de un gong de película barata. Jo-sé, gong-gong, qué raro, le sonaba como si nunca antes hubiera oído algo parecido.

Fue al baño y, mientras desdibujaba con el chorro los islotes marrones de la loza, se miró de reojo en el espejuelo del lavabo. Jo-sé. Jo-sé. Nada, seguía pareciéndole un significante vacío, un elemento fonético sin significado, una cadena de fonemas exento de simbolismo. Jo-sé, dijo José mirándose a los ojos en el azogue medio descascarillado, y en su mente rebotaba el sonido de neurona en neurona, como el puntito del juego de pin-pon en la pantalla de un monitor en blanco y negro.

Lo peor era que su cara empezaba a resultarle también desconocida. Y no es que sus facciones le pareciesen en su conjunto algo distintas, sino que la nariz, ahí en medio, con esos agujeros a los lados, le daba la impresión de ser un ser orgánico independiente y amenazador. Por otra parte, cada ojo, se le antojaba la esfera acuosa por donde emergía la maldad del mundo, y qué decir de sus labios que, separados en una “o” de sorpresa, le introducían en un pozo profundo rodeado de fiera rocalla amenazante.

miércoles, 3 de julio de 2013

EUSEBIA



Eusebia nació grande y robusta en demasía. Hija de Julián y Petronila, y menor de siete hermanas, concitó en su ser las ansias de su padre por un hijo varón y la femineidad más prístina y etérea. Eusebia fue educada como un chico, en valor y reciedumbre, y le fueron negados los delicados atuendos de las féminas para cubrirla con las prendas ásperas y sobrias de la hombría de bien. 

En cuanto tuvo fuerzas para ello, Eusebia acompañó a su padre al campo, donde le fue sustituyendo en las labores del arado y en la conducción de los bueyes al arroyo, y a la feria si había menester. Era esta la función de un hijo entonces, ser los brazos que sustentaran la familia, en auxilio de los ya exiguos miembros del consumido y ajado patriarca. 

Pero Eusebia, bajo el rostro adusto y curtido por las intemperies, sentía latir el pulso delicado de su sensibilidad. Miraba a sus hermanas vestirse para el baile, con sus blusas de seda y sus vestidos de organdí, y le entraba una saudade que derretía a las piedras. No así a Julián, que se calaba la boina, pasaba a Eusebia un brazo por sus anchos hombros y se iba con ella a la cantina, donde mozos y casados pasaban la tarde entre el golpear del dominó sobre el mármol y la humareda rasposa del tabaco.

Como suele decirse –y no olvidemos que en los tópicos hay una gran dosis de verdad-: “Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Ocurrió pues lo inevitable, para lo que el destino suele valerse de sucesos aparentemente casuales. Y esta vez el azar llegó en forma de un voraz incendio que prendió en el soto y estaba a punto de alcanzar las primeras casas del lugar. Con el retén de urgencia llegó Bonifacio, un bombero atormentado que supo percibir lo bello bajo las ropas hombrunas y el rostro renegrido de la ninfa. Bastó que ella le ofreciera agua de la fuente en un descanso, para que surgiera la chispa que calcinaría sus corazones, como si fueran sendas piñas resecas por el sol.

El domingo siguiente, Bonifacio se presentó en el pueblo con sus mejores galas y encontró a Eusebia esperándole vestida de mujer. Era Boni bastante ruin y enteco, por contraste con el alzado y envergadura de la hembra. Pero ello no fue un impedimento, ni tampoco los crueles chistes de los desalmados que hacían rimar bombero con llavero. Pronto el noviazgo fue un hecho consumado ante el altar de don Hilario, que les impuso el yugo de la fidelidad, para desgracia de Julián y alborozo de Petronila y las hermanas.

martes, 2 de julio de 2013

CÉSAR



A César todo el mundo le llamaba Tarús. Todo empezó en parvulitos, cuando a la señorita Leocricia, una solterona esteatopígica, le dio por llamarle cariñosamente Cesarín. En Tercero, don Menigno, un pícnico guasón, varió el apelativo convirtiéndolo en Tarín y de ahí a que Especioso lo dejara en Tarús sólo hubo un paso.

Especioso era el compañero de pupitre de Tarús en Bachillerato. Era menudo y explosivo como la mostaza, decían algunos, y padecía de azogue, según doña Madrona, madre adoptiva de Cesarín.

domingo, 23 de junio de 2013

BONIFACIO

Bonifacio nació bajo el signo del fuego. No es raro pues que, desde pequeño, se aficionara a jugar con fósforos. Sus padres, Eleuterio y Evelina, le reconvenían sobre el particular e intentaban evitar el peligro, pero ello no sirvió de traba al oscuro devenir eterno de las cosas.  

Fue una tarde de un verano especialmente caluroso. Boni había conseguido una caja de cerillas olvidada por un fumador descuidado y se había escondido en la trasera de un pajar, a la sombra del sol y los mayores, para experimentar la emoción de rascar la cabeza de fósforo contra el rascador y ver surgir el milagro de ese ser que brillaba como un espíritu puro y podía morder con la vesania irracional de un escorpión. Rascó una vez y no pasó nada, rasó otra y frsssss, surgió la llama y quedó Boni extasiado y tembloroso; tanto, que cuando la lumbre lamió sus dedos, estos se abrieron, cogidos por sorpresa y pasó lo que estaba escrito desde el origen de los tiempos.

Hubo gritos y carreras con cubos, y grandes llamas que amenazaron por un momento extenderse a todo el pueblo. Luego empezaron las preguntas y Boni, culpable y angustiado, habló de un hombre mal vestido que fumaba. Pronto esa entelequia se encarnó y cobró vida en la persona de Inocencio, un carrilano que acertó a pasar mendigando en esos días y confesó, instado por los poco benevolentes modos de los guardias.  Él pagó injustamente y dejó a Boni a solas con el reconcome de la culpa en las entrañas. 

Qué impulsó a Bonifacio a ser bombero es uno de esos misterios que estudian los médicos del alma con ahínco sin hallar una respuesta concluyente. El hecho es que opositó al cuerpo en cuanto tuvo la edad reglamentaria. Pronto se distinguió por su celo profesional y su pericia. Se hizo acreedor incluso a una medalla al mérito por su heroico comportamiento, al salvar a personas con riesgo de su vida.

martes, 18 de junio de 2013

SIERVO DE DIOS



A Servi le faltaba un verano. Todo el mundo en el barrio lo sabía y le aceptaban tal como era sin entrar en más disquisiciones. En aquellos tiempos heroicos cada barrio tenía su tonto oficial y varios adláteres o interinos que a veces pugnaban por ocupar el cargo con tonterías más llamativas que los otros.

Servi se pasaba la vida en el bar de sus padres, Ansovino y Arabia, uno de esos locales de antaño donde el serrín se mezclaba con las cabezas de las gambas los domingos y con las cáscaras de los cacahuetes los días de labor. En aquellas eras el éxito de un local se medía por el número de sacos de detritus que se sacaba a la puerta a la hora de bajar la trapa. No era raro pues, apartar a los clientes que fumaban acodados en la barra, para pasar la escoba entre sus pies de bailarines medio ebrios. 

Servi formaba parte del paisaje de interior, como los ficus que languidecían tras los cristales o las botellas cubiertas de polvo que rodeaban el escudo del Atleti entronizado tras la barra. Todos los clientes tenían para con él una deferencia, una sonrisa o una broma jocosa. Y Servi lo agradecía con apretones de manos aspaventosos, con abrazos desmedidos y palmoteos de espalda de teatro parroquial. Geraldo solía venir a tomar el blanco a mediodía y utilizaba a Servi de sparring para lanzar todas las soflamas patrióticas que su hijo en casa rechazaba. Aparecía por allí también Basilio, un cliente extraño, de tez cetrina que canturreaba en una lengua desconocida cuando bebía un vino de más. Y estaba luego Máximo, el quiosquero, un hombre muy vivido que había rodado por circos de medio mundo y ahora se acodaba en la barra para contar historias por doquier. Servi escuchaba a todos con los ojos muy abiertos y luego pedía estentóreo un “butano” que Ansovino le servía tras hacerse un poco de rogar, vertiendo en vaso grande una cascada chispeante de gaseosa anaranjada.

Pero lo que de verdad hacía feliz a Servi era el cine, al que Silvano, el portero le dejaba entrar gratis los días de entre semana en que había poca gente. Instalado en la primera fila, Servi gritaba emocionado a los caballistas sobre el peligro de los malos, que les perseguían por aquella Arizona de las sábanas blancas con ahínco salvaje y polvoriento. El resto del patio de butacas le seguía alborozado la corriente, hasta que Silvano, ahora como acomodador, apuntaba el haz de su linterna a la cara de los desaprensivos para que depusieran avergonzados su actitud.

Servi era feliz a su manera. Seguramente más feliz que Pulquerio, cuya calvicie prematura le tenía traumatizado y sin ganas de ir al baile; o que Bonifacio, un bombero pirómano que se debatía agónico entre sus dos pulsiones. Pero, desde luego, lo pasaba mejor que Ramiro, un futbolista fracasado que mataba las penas derrochando su herencia en timbas ilegales.