miércoles, 25 de enero de 2012

IRENEO

Ireneo era un niño muy alegre. Su madre, Escolástica, siempre lo decía. De muy pequeño divertía a las visitas con sus donosas gracietas y vanos parloteos. Pronto empezó a hablar muy claro, lo que encantaba a las vecinas, que le retaban con pruebas del estilo a “di punta, Irenín, di punta”. Y el niño Ireneo silabeaba un “puN-ta” de ene superlativa, intuyendo, en la picardía que crepitaba en las risitas contenidas de las féminas, algo oculto y non sancto que no llegaba a comprender. Irenín canta, hace teatro y cuenta chistes verdes que repite como un loro, sin saber que lo son. Todo ello es celebrado por madre, tías y vecinas con alborozo, y obviado por Amancio, el padre, que pasa las horas muertas en el taller, con sus divertimentos. El día de su séptimo cumpleaños encontramos a Ireneo dando un concierto de harmónica a sus primas: Sura, Clara y Austreberta. Le gustan especialmente estas tres gracias algo mayores que él,alguna ya mocita, y se esmera en deleitarlas. Pero he aquí que de repente queda quieto, deja de soplar y se sume en la quietud más absoluta. Ni brujos ni doctores consiguen dar en los meses y años que siguen a ese día, explicación racional o mágica que explique ni de lejos el fenómeno. Ireneo deja de sonreír, se mueve apenas y contesta –cuando se digna hacerlo- con monosílabos que parecen salir con esfuerzo del profundísimo pozo interior de un castillo roqueño sitiado por todas las huestes del infierno. Pasa el tiempo y muere la madre, sin hallar consuelo. El padre está en su mundo de imágenes tan inertes como el hijo, lijando aquí y allá como hace el viento del desierto con las peñas. Muere al fin también, es ley de vida. Ireneo, dedicado a trabajos anodinos que le permiten un exiguo sustento, envejece vencido por lustros y decenios. Pero su cara permanece sin arrugas, con la serenidad dura e inquietante de una máscara. Los vecinos rehúyen cruzarse en la escalera con esa especie de fantasma de la ópera. Cuentan algunos que, ya jubilado, acabó ingresando en una residencia de esas que llaman “de mayores”. Allí vegetó unos años, anclado en una tumbona en un pasillo. Pero el día que cumplió 77 apareció en su mano una vieja harmónica que nadie le había visto. Estuvo tocando aires bailables con inusitado garbo y una vitalidad fuera de dudas hasta que, llegada la hora de acostarse, los celadores tuvieron que arrancársela de las crispadas manos por la fuerza. Murió esa noche –según esta versión no confirmada- musitando una especie de salmodia: “Sura, Clara, Austreberta”, con el ritmo machacón de los batanes o de los trenes cansinos de antaño.

martes, 10 de enero de 2012

BERNARDO

A Bernardo le gustaba soñar dormido. Despierto, no; en estado de vigilia lo que más le gustaba era mirar a las mujeres. Por eso eligió ser butanero. Su tío Donato le dio la idea: “Bernardo –le dijo-, si anhelas conocer el rincón escondido de Venus debes elegir un oficio que te permita entrar donde las mujeres están más desprovistas de malicia”. Pensó en ser médico, psicólogo o confesor, pero no se veía con dotes para ello. Ser eunuco no le parecía buena idea y los peluqueros y estilistas le daban mala espina. Así que, fuerte y fibroso como era, se le ocurrió que repartir botellas de gas por las casas podía ser una buena manera de dedicarse a su afición. Se levantaba por las mañanas descansado y dispuesto. No en vano, sus sueños eran siempre épicas empresas en que él era paladín y seductor indiscutible. Desayunaba huevos con panceta y corría al camión donde le esperaba Primo con el motor en marcha. Recorrían las calles con las bombonas de color naranja tintineando como un gran sonajero. Al llegar a un portal, Bernardo bajaba y se cargaba al hombro el fardo de metal, con la delicadeza con que lo haría con un niño pequeño o un repollo. En los pisos le esperaban mujeres de todo tipo, con sus batas de guata, sus rulos o sus deshabillés comprados en la mercería del tío Donato. Esas eran las peores, sobre todo si eran jóvenes y bellas, porque se entrometían en los sueños nocturnos de Bernardo y tendían a deslucirlos con su excesiva carnalidad. Afortunadamente eran las menos.

miércoles, 4 de enero de 2012

POLICARPO

Policarpo siempre quiso ser poli. Y no fue culpa del nombre, que también podía haberle dado por la traumatología o el ajedrez. Pero no, a poli le tiró siempre lo del imperio de la Ley, o al menos desde que vio aquella película en blanco y negro donde todos llevaban sombrero. Ocurrió pues que le llegó la edad y le entregaron la placa y la pistola, tras años de preparación en la Academia. Nunca fue tan feliz, con Elisenda y Honorato –sus padres- posando con él para la foto, mientras amigos y familiares aplaudían. Pero aquellos eran tiempos duros. A veces se ejercía una violencia sobre los detenidos que repelía a la recta conciencia de Poli. Era demasiado “bueno”, según doña Elisenda, y demasiado “blando” si atendemos a sus superiores. Así es que, por buscarlo ocupación, lo infiltraron como topo en el Club de amigos de las plantas, un antro de melenudos sospechosos que preocupaba a las autoridades. Le detectaron desde el primer instante por su corbata y su jersey de pico. Cuando, el segundo día, se puso una peluca fue aún peor. Pero los plantígrados aceptaron, con todo, su presencia y en unas semanas el trato era cordial. A los dos meses, Poli empezó a redactar los informes mientras se fumaba unos petas con la peña. Inventaban entre todos planes subversivos que tuvieran al comisario entretenido, sin que la escasa gravedad le incitara a intervenir. Esta doble vida siguió inalterada hasta que apareció por la boardilla Jaquelina, una pelirroja de pelo frito y curvas rotundas que decidió evangelizar al pardillo de una santa vez.