miércoles, 5 de diciembre de 2012

TELÉMACO



Telémaco fue siempre un furibundo antitaurino. Quizás tuvo que ver su aversión a la fiesta con la afición desmedida de su padre, Valente, que se pasó la vida rodando por los ruedos del mundo. 

 

Valente era un culo de mal asiento. Antes que aspirante a torero había sido vendedor de medias de cristal, y con un maletín lleno de muestras había recorrido mercerías selectas y camerinos notables. Casó de resultas con Camila, una vicetiple, que quería en realidad ser encajera. El matrimonio se hizo sedentario con la llegada al mundo de Telín, cuyo nombre no responde a una tradición homérica, inexistente en la familia, sino a la querencia que taurino y modista cogieron por la tele. Y es que fue una etapa dulce, aquella que Valente y Camila pasaron sentados a la mesa camilla viendo Ironside mientras germinaba al calor del brasero la semilla del futuro rorro.


La nostalgia del pasado se acrecienta a la luz de unos tiempos futuros tormentosos. Ocurre así en la historia de Telémaco, pues apenas nacido noqueó de nuevo al padre la fuerza de su afán y no pudo por menos que echarse a los caminos otra vez. Telín creció pues con su madre, apegado a las faldas trajinadoras que buscaban el sustento en trabajos de costura agotadores. Las noticias del padre llegaban en cartas espaciadas, ora desde Pamplona, ora desde Marsella o Bogotá. Siempre lucía flamante y sonriente en las fotos con espadas principales, pero dinero, lo que es dinero, nunca incluía en el sobre.


Creció así el odio por los toros que tan huérfano hacían sentir a Tele. Pasaron los años y se asoció a un grupo que zahería a los asistentes a la plaza, los días de corrida, tirándoles huevos con pintura roja. Participaba también con escritos incendiarios en la prensa, defendiendo los derechos animales frente a la bruta humanidad. Camila, mientras tanto, tejía y tejía sin descanso, en los ratos en que no estaba subiendo bastillas o quitando hilvanes. Estaba haciendo una colcha de ganchillo interminable para una cama aún por decidir.


Pasaron más años y Telémaco se ennovió con Felipa, una buena moza, aunque con una sombra de amargura en la mirada, que se entendió enseguida con la futura suegra. Un día se empezó a hablar en la ciudad del regreso del torero Valente, el que peregrinara durante décadas por los redondeles del orbe. Pero Telémaco no se dio por aludido. Luego supo que dormía por los portales, que fue mentira lo de sus tardes de gloria, que nunca pasó de recoger almohadillas por el ruedo, que lo de las fotos y los trajes eran mero camelo al amparo de la amistad con los maestros. Para entonces la colcha de Camila y Felipa tenía ya la misma superficie que el campo de fútbol local.

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