lunes, 3 de diciembre de 2012

DECOROSO

Decoroso, ya de niño, se dedicaba a cambiar las cortinas y los muebles de sitio. Contra lo que marcan los tópicos, era furiosamente heterosexual y se enamoró de Faustina, que tenía la manía de creerse descendiente directa de los zares. Ambos formaron una pareja extraña, aunque querida por familiares y vecinos.

 

Decoroso, abrió un estudio de diseño interior y le fue bien. No paraba de elaborar proyectos para los propietarios de pisos a estrenar, normalmente parejas jóvenes de profesiones liberales. Decoroso tenía un don a la hora de combinar texturas y colores, haciendo de un estudio de cincuenta metros el paradigma de la sencillez y la elegancia. Su marca de fábrica era el minimalismo con un toque zen.
Faustina dedicaba su tiempo, amén de las tareas del hogar, a coleccionar noticias y objetos sobre su origen principesco.

El negocio iba bien y la pareja decidió casarse. Tenían ya un piso, que Decoroso fue poco a poco pintando y amueblando sin que Faustina lo supiese. Quería darle un sorpresa.  Y se la dio.
Fue entrarla en brazos por la puerta, la noche de bodas, y empezar Faustina a despotricar de todo. Qué eran aquellos muebles lisos y sin gracia. Cómo era eso de que las camas fueran un tatami. Por dios santo, qué diablos significaban aquellas luces de neón. Ella amaba las suntuosas lámparas de dijes colgantes y múltiples brazos con volutas. Y echaba de menos hundir sus escarpines en la inefable blandura de las alfombras de Cachemira.

Y ahí acabó todo, no hubo arreglo. De poco le valió a Decoroso argüir ante su esposa que no podía añorar algo que nunca había tenido. Ella vivía otra vida, otra vibración de la materia, que podía más que la más cerril de las certezas.

A Decoroso no le costó encontrar nueva pareja: una pintora que afirma ser heredera de Mondrian. Faustina acabó con un mafioso ruso, que conoció un día que se coló de “canapera” en la embajada.

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