sábado, 17 de noviembre de 2012

FILEMÓN


A don Filemón, el hecho de ser cura no le suponía menoscabo a la hora de cultivar el aspecto humano del amor. Todos los viernes venía a la barbería y el tiempo había ido tejiendo entre nosotros lazos cómplices. Me contaba de sus vicisitudes amatorias con el candor de un colegial. Se había acostumbrado a visitar cierta casa discreta. Una de esas que los beatos denuestan en público y algunos luego frecuentan en privado.  Don Filemón se dolía de la incomprensión hacia las mal llamadas chicas de “moral distraída”: ¿No decía el de Hipona “ama y haz lo que quieras”? –repetía el cuitado. 


El pobre necesitaba de un escuchante puro, un confesor laico que no le censurase, y quién mejor que yo, este cronista metido a peluquero por herencia paterna. Es injusto el baldón que pende sobre el gremio en lo tocante a su verbosidad. Yo, Valentín, soy un claro contraejemplo: me gusta escuchar y me jazto de no hacer preguntas. Pero vuelvo a don File (la confianza permitía esas licencias) y sus cuitas de amor. Pues de amor se trataba su Asunto con Lucía, que así se llamaba la hetaira de ojos almendrados y profundos que le había cautivado. Lucía, oriunda de un pueblo del septentrión, era feraz y ubérrima como los pastos altos y jugosos de su tierra. Son palabras de File (con el tiempo le había apeado el tratamiento), devenido en poeta por causa de Cupido. 

Don File sufría, pues quería sacar a la moza del arroyo, pero su voto sagrado lo impedía.  Y es que Filemón creía, tenía fe verdadera, ese era su drama, la cuita amarga que en mi depositaba cada vez que le perfilaba la tonsura.
Pero llegó un viernes y no vino. Y otro, y otro, e incluso algunos más. Un día apareció Abraham, un cliente ocasional muy mujeriego, que venía a retocarse las patillas. Entre casos y cosas del mundillo me habló de un cura y de algo de colgar, pero no entendí bien si eran los hábitos o el cuello los sujetos a la acción del verbo. Por una vez sí que estuve en un tris de preguntar.

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