miércoles, 4 de enero de 2012

POLICARPO

Policarpo siempre quiso ser poli. Y no fue culpa del nombre, que también podía haberle dado por la traumatología o el ajedrez. Pero no, a poli le tiró siempre lo del imperio de la Ley, o al menos desde que vio aquella película en blanco y negro donde todos llevaban sombrero. Ocurrió pues que le llegó la edad y le entregaron la placa y la pistola, tras años de preparación en la Academia. Nunca fue tan feliz, con Elisenda y Honorato –sus padres- posando con él para la foto, mientras amigos y familiares aplaudían. Pero aquellos eran tiempos duros. A veces se ejercía una violencia sobre los detenidos que repelía a la recta conciencia de Poli. Era demasiado “bueno”, según doña Elisenda, y demasiado “blando” si atendemos a sus superiores. Así es que, por buscarlo ocupación, lo infiltraron como topo en el Club de amigos de las plantas, un antro de melenudos sospechosos que preocupaba a las autoridades. Le detectaron desde el primer instante por su corbata y su jersey de pico. Cuando, el segundo día, se puso una peluca fue aún peor. Pero los plantígrados aceptaron, con todo, su presencia y en unas semanas el trato era cordial. A los dos meses, Poli empezó a redactar los informes mientras se fumaba unos petas con la peña. Inventaban entre todos planes subversivos que tuvieran al comisario entretenido, sin que la escasa gravedad le incitara a intervenir. Esta doble vida siguió inalterada hasta que apareció por la boardilla Jaquelina, una pelirroja de pelo frito y curvas rotundas que decidió evangelizar al pardillo de una santa vez.

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