martes, 10 de enero de 2012

BERNARDO

A Bernardo le gustaba soñar dormido. Despierto, no; en estado de vigilia lo que más le gustaba era mirar a las mujeres. Por eso eligió ser butanero. Su tío Donato le dio la idea: “Bernardo –le dijo-, si anhelas conocer el rincón escondido de Venus debes elegir un oficio que te permita entrar donde las mujeres están más desprovistas de malicia”. Pensó en ser médico, psicólogo o confesor, pero no se veía con dotes para ello. Ser eunuco no le parecía buena idea y los peluqueros y estilistas le daban mala espina. Así que, fuerte y fibroso como era, se le ocurrió que repartir botellas de gas por las casas podía ser una buena manera de dedicarse a su afición. Se levantaba por las mañanas descansado y dispuesto. No en vano, sus sueños eran siempre épicas empresas en que él era paladín y seductor indiscutible. Desayunaba huevos con panceta y corría al camión donde le esperaba Primo con el motor en marcha. Recorrían las calles con las bombonas de color naranja tintineando como un gran sonajero. Al llegar a un portal, Bernardo bajaba y se cargaba al hombro el fardo de metal, con la delicadeza con que lo haría con un niño pequeño o un repollo. En los pisos le esperaban mujeres de todo tipo, con sus batas de guata, sus rulos o sus deshabillés comprados en la mercería del tío Donato. Esas eran las peores, sobre todo si eran jóvenes y bellas, porque se entrometían en los sueños nocturnos de Bernardo y tendían a deslucirlos con su excesiva carnalidad. Afortunadamente eran las menos.

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