jueves, 29 de diciembre de 2011

COLETA

A Coleta le hubiera gustado nacer en Francia, pero tuvo que aguantarse con el pueblo de secano que le tocó en suerte. En Francia hay música y canciones, todo el mundo tiene bici de carrera y los besos se dan con lengua. Eso es al menos lo que Coleta oye decir a su tío Fidel cuando viene por los veranos, con su Citroen rojo bien limpio y encerado. Pero, sobre todo, Coleta anhela vivir en Francia porque allí se llamaría Colette, que es un nombre bonito, de artista de cine o de diseñadora o, cuando menos, de señorita con perro y gabardina. En el pueblo no la queda otra que aguantar los chistes zafios y cansinos sobre su nombre. Y cada vez está más harta. Tan harta está que una tarde coge su maleta de cuadros y se sube al coche de línea que va a la capital, un chachivache renqueante que conduce Moisés con mano firme. Coleta pega su mejilla a la ventana y se pone a soñar con bulevares iluminados por la luna, mientras discurren frente a ella los secarrales de tierra roja, cortados de trecho en trecho por la vertical soberbia de un poste de la luz . Hacia la mitad del trayecto sube un caballero con sombrero y corbata. Se presenta como Claudio, tras pedir permiso para sentarse al lado. Hablan de todo un poco: de la profesión de él, del pueblo de ella, del tiempo y del curioso parecido de sus valijas. Claudio no ha estado nunca en Francia, pero vende lencería fina y habla un poco de francés. Antes de llegar el coche a destino, se baja en un polígono industrial y Coleta se queda un poco triste. Que una vez en la habitación de la pensión, nuestra Coleta descubra que la maleta no era suya, es algo que el lector ya habrá supuesto. También que hubo reencuentro con el apuesto Claudio, a poco avisado que aquel fuere. Sin embargo, desconocemos los detalles. Pero, de mano en mano, nos ha llegado un tarjetón que reza: “Claude y Colette, haute lingerie”. Imaginarla a ella, un día de lluvia, con impermeable y perrillo de lanas, tampoco es algo tan difícil.

lunes, 12 de diciembre de 2011

GASTÓN

Aunque nacido en una familia obrera, Gastón tuvo siempre una propensión innata a la prodigalidad y lo desmesurado. Sus padres, Amancio y Dorotea, habían sido educados en el cálculo y la moderación, y así se lo intentaron inculcar a su vástago. Pero Gastón, hacía oídos sordos y no había quién le metiese en vereda. Si un domingo le daban una propina, se la gastaba íntegra en golosinas y las repartía espléndido, no ya entre sus amigos, sino entre muchachos de la calle que apenas conocía de vista. Si recibía dinero para comprar un cuaderno y un compás, lo invertía todo en un libro de aventuras ilustradas y se quedaba sin material para dibujo. La cosa no mejoró con la edad, sino que incluso tomó derroteros más extremos. Un día trajo a casa a un pobre de pedir a instó a los padres a sentarlo a la mesa. Hubo luego que desinfectarlo todo con zotal. Dorotea estaba ya más harta que harta, mientras Amancio seguía trabajando en las figuras de madera que constituían su hobby preferido. Y no es que Gastón fuese un consumista irrefrenable, de hecho no anhelaba productos caros o lujosos, era más bien que le resultaba tedioso el cálculo y detestaba medir y tasar. Su pensamiento tenía dedicaciones más elevadas; le encantaba la mitología, las grandes óperas, las sublimes figuras poéticas de los líricos. “Este chiguito nos hunde, y si no el tiempo”, repetía Revocata, la abuela, por el pasillo. Pero Gastón era alto y garboso. Su rostro era expresivo y varonil. Se movía con una delicada elegancia natural y sus ojos emanaban simpatía. Cuando entró el primer día en la facultad de Filosofía, todas las chicas se volvieron hacia él como movidas por un fototropismo positivo que buscase el brillo de su aura. Fueron cinco años de carrera inolvidables en los que Gastón lo aprendió todo sobre el alma humana y sus pasiones. Al final eligió a Hildegunda, una hermosa muchacha cuya belleza no iba a la zaga de su pasión por las lenguas de Mesopotamia. Quiso además la suerte que perteneciese a una culta y aristocrática familia, cuya fortuna inmensa estaba dedicada a la promoción de la cultura en todo el mundo. Vivió pues Gastón una vida de ensueño, dedicado a una Hilde que adoraba, viajando por todo el mundo en su compañía y atesorando libros. “Vaya, me equivoqué con el guaje”, tuvo al fin que admitir Revocata, revocando su juicio pretérito.

jueves, 8 de diciembre de 2011

GENUINO

Genuino siempre fue un niño muy especial. Su madrina, Dominica, que era muy salerosa, solía decir de él que tenía una “peculiá idiocincracia” y se quedaba más ancha que larga, hecho que propiciaba su peculiar idiosincrasia en lo tocante a los dones de Natura. Genuino, de bebé, lloraba mucho y agitaba los brazos como si estuviese prematuramente cabreado con el mundo. Sus padres, que eran pobres pero entregados a su prole, lo llevaron al médico del seguro y, no contentos con sus respuestas evasivas, se fueron a un galeno de pago de la calle principal. El doctor, don Avito, una eminencia, examinó al lactante, le palpó aquí y allá y se lo devolvió a los atribulados primerizos con un: “es cosa del crecimiento, hay que esperar”. Como el que espera desespera, y el infante no cesaba de perturbar el sueño de progenitores y vecinos, recorrieron con el genuino hombrecito varias consultas más, sin resultados concluyentes. El llanto fue remitiendo poco a poco al tiempo que Ino daba sus primeros pasos por el mundo. Todos se fueron olvidando del problema hasta el día en que le descubrieron en el brazo derecho ciertas protuberancias. Para entonces el niño ya había empezado a ir al colegio. Volvieron las consultas y las exploraciones, pero fuera porque los matasanos no atinaban o porque los rayos x de entonces no tenían aún tecnología 3-D, el caso es que el idem siguió aún sin resolver. Pero, a veces, los enigmas no necesitan otra cosa que tiempo para sacar sus entrañas a la luz. Y fue un día de octubre, cuando aconteció el hecho que haría de Genuino un auténtico fenómeno, tan único y peculiar que hubiera podido acaparar el prime time de todas las televisiones. Lo que ocurrió fue que, mientras corría Ino hacia el colegio, descargó un chaparrón una nube traicionera e ipso-facto emergió de su muñeca derecha un paraguas salvador que lo mantuvo seco hasta la puerta. Sólo su madre se dio cuenta, mientras lo despedía con la mano al abrigo de una cornisa. El niño lo tomó por una función más de un cuerpo aún no del todo explorado y la cosa nunca salió del ámbito doméstico. El resto de su vida, Genuino, ha echado mano de su don prodigioso sólo de vez en cuando. En viajes y reuniones de trabajo se ha ido encontrado con algún caso como el suyo, pero son pocos y todos lo mantienen como él en el secreto más estricto. Sin embargo, lo que no han podido evitar es dar carta de naturaleza a una leyenda, extendida por los cinco continentes: ¿les crecen a los demás paraguas en las manos en cuanto la primera gota toca el suelo?

miércoles, 7 de diciembre de 2011

TEÓFILO

Teófilo, allá en el alba de su vida, fue pastor. Subía al monte con los rebaños y se sentaba en una peña, mientras las cabras ramoneaban a placer. En verano, Teófilo buscaba una sombra y se dedicaba a estudiar la forma de las nubes o a pensar en la inmensidad del cielo azul. Cuando llovía o arreciaba el frío, tenía un chozo donde se guarecía. Desde ese útero peculiar, observaba cómo la realidad externa penetraba en forma de luz por las improvisadas rendijas y le venía a la mente, sin conocerlo, el mito platónico de la caverna. Hubiera llegado Teófilo a ser un asceta sublime, o quizá un pensador reconocido, incluso bien pudiera haber acabado fundando una nueva religión que hiciera tabla rasa con las otras. Pero no ocurrió nada de eso. Acaeció que Rabano Mauro, padre de nuestro aspirante a espíritu perfecto, conocía en la ciudad a un tal Magín, concejal de urbanismo a la sazón, y urdieron entre ambos lo que sería para él un cambio brusco de timón en la singladura de su vida. Rabano, padre ejemplar, venía ya hacía tiempo pensando en procurar a su hijo un oficio de más provecho y lucimiento que el menester agropecuario. Así es que cuando Magín le habló de la posibilidad de conseguir licencia para un quiosco en la vía pública, no cupo en sí de gozo. Dicho y hecho, cogió un día Teófilo el coche de línea para plantarse ante la ventanilla expendedora de prensa y mercaderías de poca monta. Le costó al principio al muchacho pues, aunque había ido a la escuela, no estaba muy diestro en el manejo de moneda corriente. Pero no fue eso lo peor, sino el que echaba de menos la soledad y el silencio del monte. Le perturbaba el ruido del tráfico, el murmullo de la gente al pasar, tan distintos a la suave brisa o al gorgoteo de los arroyos. Las caras desconocidas que se sucedían sin cesar en el hueco adintelado que daba al exterior, le recordaban a los títeres que una vez había visto en el pueblo y le producían temor. Mas, poco a poco fue haciéndose al entorno. Los días de menos venta, tenía ratos tranquilos en que la luz que se filtraba entre las publicaciones le recordaba al chozo del pasado. Pero los pensamientos de antes ya no regresaron. Ahora tenía la letra impresa; miles de páginas de papel satinado, con historias de gentes pintorescas, que fueron invadiendo sus neuronas como los descendientes de Abraham poblaron la Tierra Prometida. Cuando le hablaban de volver al pueblo, Teófilo se aferraba sin querer al bramante que ataba los últimos paquetes del Hola, como quien se encadena a la nave donde sirve de remero. Seguramente esa extrema dependencia fue la causa de que Teófilo empezara a oír aquellas voces a raíz de lo del incendio. El resto de su vida fue la de un loco peripatético que hablaba a voces por las calles, en tiempos en que la telefonía móvil aún no podía servir de enmascaramiento al desvarío.

lunes, 5 de diciembre de 2011

AZARÍAS

En algún momento de la infancia de Azarías, surgió una fuerte afición a las aves de presa. Sus padres, Anatolio y Berelendis, no se explicaban el porqué, como no fuera por la influencia de los documentales de la tele. Lo tomaron al principio por capricho infantil y veleidoso, pero fueron viendo con el tiempo que el muchacho tenía verdadero empeño con el tema. Como eran padres liberales y pudientes, optaron por facilitar al muchacho el desarrollo de su pasión y se compraron una finca, donde acudían los fines de semana para que éste observara en vivo a milanos, aguiluchos y demás volátiles de uñas y pico fieros. “Ya se le pasará”, comentaban entre sí, como dándose la aquiescencia el uno al otro, y tomaban el té en el porche con el servicio de diario. Pero ocurrió que Azarías no sólo no cejó en el empeño de su estudio, sino que se hizo con algunos ejemplares de rapaces y se empeñó en resucitar la cetrería. Fue un verano, de aquellos interminables, entre la Reválida y el comienzo del Bachillerato Superior. Cogió especial cariño a un azor al que puso Nitardo, porque era nombre sonoro y tenía implícita la velocidad. Con Nitardo se dedicó a cazar palomas y algunas tenían mensajes en las patas. En uno ponía “Si no me contestas, muero” y en otro, un mes después, “Te lo dije, chatina”; pero Azarías nunca se enteró porque la cocinera los echó al cubo de las plumas. Consiguió más tarde un aguilucho, al que llamó Glorioso, que pronto se especializó en cazar los pichones de don Blas, el párroco local. Y aquí acabó la carrera como cetrero de Azarías, con la guardia civil llamando broncamente a la puerta y los abochornados padres pagando al cura las aves a precio de faisán. De las peripecias ocurridas en adelante en la vida del joven sabemos poca cosa. Sí que nos ha llegado noticia de su provechosa dedicación al mundo del derecho financiero. Sus padres pudieron al final respirar tranquilos. Ya no corría peligro de convertirse en un ser andrajoso, de pantalones rotos y mugrientos, como temieron a la vista de su insano desvarío; ni tampoco en un naturalista aventurero aspirante a perecer en los hielos polares cualquier día.

domingo, 4 de diciembre de 2011

AÍDA

Sus padres, Bucardo y Adeloga, le pusieron Aída porque les sonaba a finura y distinción. No sabían que, en realidad, era nombre de esclava; etíope por más señas. Es lo que pasa a veces en la vida, que se confunde la reverberación de los dorados con lo esencial de la representación. Sin embargo, seguramente por casualidad, Aída mostró enseguida unas condiciones excepcionales para el canto. Don Firmo, el director del coro de la iglesia, así lo estima y aconseja a los padres que busquen quien, mejor que él, pueda sacar el máximo lucimiento al potencial en bruto de la niña. Pero ni Bucardo ni Adeloga estaban para músicas, con muy magros recursos y otros tres hijos que atender. Así es que Aída termina la Primaria y se pone a trabajar en una tienda de recambios para coches. Vendiendo tapacubos y bujías conoce un día a Lupicinio que, tomando una copa, reaviva en ella unas ansias de éxito que creía apagadas para siempre. Le presenta a Sicario, un socio con el que regenta varios bares de alterne. Entre striptease y striptease, Aída canta boleros y rancheras. Y lo hace con tanto entusiasmo que levanta más pasión que las prietas carnes de las lumis. El lleno es total los fines de semana, así que Lupicinio y Sicario le proponen un tanto por ciento del negocio y ella acepta. Con Sicario como representante, inicia una serie de actuaciones en salas de fiestas que aumentan su fama y su caché. Montada en un cochazo rojo y vestida de pieles, visita a sus padres ante la envidia y admiración de todos, incluido Fortunato, el del bar donde tomara sus primeros refrescos. De allí parte para América, en una gira triunfal de varios meses. Aquí entra la parte del destino, que siempre cobra su tributo. Aída embarca, tras su vuelta a Europa, en un crucero de placer. Durante la escala en Egipto es raptada por la mafia local y desaparece sin dejar rastro. Algunos especulan con la presunta implicación de Sicario, aunque otros lo achacan a meros prejuicios onomásticos. Ciertos cronistas la sitúan en poder de un líder radical, encerrada en la árida celda de su propio burka. El caso es ampliamente difundido por las televisiones, lo que hace las delicias de Bucardo y Adeloga.