martes, 20 de septiembre de 2011

EFREM

Efrem en verano trabaja siempre con la ventana abierta y una botella de vino en el alféizar. Bebe y pinta “au rez-de-chausée”, como acostumbra a decir “pour épater un peu” a los vecinos gárrulos y ociosos que se acercan por allí, más –es la triste verdad- por amorrarse a la frasca de vino gratuito que por interés en escuchar por enésima vez la relación completa de sus enconados lances con la gloria. Efrem ha estado en París. No en el París doméstico de los viajes organizados con parada en Monparnasse y ascensión en fila india a la torre Eiffel y al Sacre Coeur. No en ese París de los emigrantes con maleta de cartón y horizontes tan ciegos como un piso interior con derecho a cocina. No, en ese no, sino en el París dorado de la bohemia y las grandes esperanzas. En el de veladas en el Lapin Agile y copas de absenta hasta el amanecer. Como todos los genios, Efrem ha sido –como no- incomprendido. Sus cuadros no se entendieron en su día. Y eso que Picasso los apreciaba mucho, como reza en una carta autógrafa, amarillenta y medio tazada por los dobleces, que saca a menudo de un cajón de la cómoda y provoca en el coro de vecinos aspavientos cada vez más comedidos. Fíjese, qué injusticia, si es que en esta vida todo es caer en gracia, y etc. Pronto se callan para libar más a placer. Así hasta que oscurece, viene Eusebia y espanta a los curiosos. Se cierra la ventana y cada mochuelo va a su olivo. Eusebia es tosca, sucia e iletrada. Su figura se asemeja a un centollo, según dijera Mardonio una noche de mal vino. En el barrio no conciben que Efrem, codeándose con modelos y coristas de cuerpos ebúrneos y almas delicadas, haya llegado a esto. “Mais, c’est la vie”, que dicen en la Francia. Regresan todos a sus casas modestas y en los pasillos húmedos les esperan los paisajes de esas calles parisinas, con coches de punto sobre pavés mojado que a veces le compran al artista por pena y porque son baratos, y un poco también por sentirse culpables de beberse su vino por la cara. Son tristones y planos, sin atisbo de genio, pero aún así abren ventanas a otros aires. Efrem, antes de rendirse a un sueño opaco, se esfuerza en calcular el número exacto de metros cuadrados de pasillo que puedan quedar en el barrio aún disponibles.

martes, 13 de septiembre de 2011

MESALINA

Desconocemos qué hados extraños insuflaron en el espíritu de Aselas y Bernardo la peregrina idea de elegir Mesalina como nombre de su primogénita. No obstante, hay que decir en su descargo, que ambos carecían por completo de conocimientos sobre la historia de la antigua Roma. El que al segundo hijo lo llamaran Clemente, bien pudo deberse al puro azar. Lo cierto es que la niña Mesalina fue presa, desde temprana edad, de los ardores que se atribuyen a la intrigante emperatriz. De hecho existe prueba escrita de un incidente ocurrido con un tal Mainbodi, condiscípulo de primeras letras, que saltó por una ventana ante el acoso de la ninfa. El suceso fue muy comentado y dio lugar a algunos chascarrillos entre los malintencionados del lugar. Pero, a medida que se iban deshojando los almanaques, el furor uterino aumentaba en inversa proporcionalidad. Compañeros, ujieres y profesores fueron objeto de proposiciones atrevidas que los incomodaban y ponían en un brete harto salaz. Contra lo que cabe suponer, no era Mesalina simplemente una fresca que disfrutase con su vicio. Muy al contrario, sufría amargamente sus accesos lúbricos como imposiciones de una naturaleza superior que esclavizase su yo más prístino y esencial. De hecho, era la joven en su fuero interno retraída y vergonzosa hasta el exceso. Como cabe suponer, sus padres y hermano padecían estos avatares con honda preocupación para sí y abochornamiento ante los otros. Buscaron remedio, pero ni las confesiones con don Severiano, el párroco, ni las consultas con don Guido, un lacaniano con fama en la ciudad, dieron los frutos apetecidos. Pasaban los cursos y los equipos completos de fútbol sala por la vida atormentada de Mesalina sin atisbarse un rayo de esperanza. Todo parecía perdido cuando regresó el tío Salomón de allende el mar. Salo era un erudito enamorado de la Antigüedad. Supo del problema en una cena familiar e ipso facto dictaminó la solución. Al día siguiente, lunes, la familia al completo se personó en el Registro Civil. Emerenciana fue el nombre elegido por consenso. Desde ese día, la joven Chana fue un dechado de virtudes y un cascabel de felicidad.