martes, 21 de junio de 2011

FAUSTINA

Faustina nació siendo ya tía, aunque ella no lo supiese aún . Sus padres, Leobardo y Felícitas, eran personas entrañables y muy dadas a organizar saraos por el motivo más banal. Bastaba que un vecino aprobara la reválida o que a un pariente de Cuenca le mejorasen las hemorroides, para que Felícitas empezase a picar por las puertas convocando a un piscolabis a base de los emparedados que Leobardo elaboraba con un donaire único. Tan grande acabó siendo el éxito de los nombrados tentempiés que hubo que establecer ciertas reglas dirigidas a contener el flujo creciente de asistentes. Llegó a ser famosa como canapera una tal Liberata, que acudía con un táper oculto bajo la estola de visón y arramplaba con fuentes enteras mientras predicaba las bondades de la frugalidad. Se acordó pues recibir cada viernes a un grupo en función de una característica común. Así el primer viernes vinieron los vecinos de los números pares que se apellidaran Parrado; el segundo, los dependientes con padre ferroviario; el tercero, los nacidos en febrero que tuviesen un mechón blanco en la cabeza. Y así ad infínitum.
A todos estos fastos asistía Faustina, sola y perpleja, rodeada siempre de gente extraña y volátil que perturbaba su natural discreto y huidizo. Los padres, enfrascados siempre en satisfacer a la exigente turba, posponían siempre la tarea de darle un hermanito, lo que acrecentaba en Faustina ese aspecto de tía inveterada que acabó por arruinar su vida. Aún no sabía entonces –aunque lo sospechaba, según dicen- que moriría virgen y, paradójicamente, sin sobrinos.

lunes, 20 de junio de 2011

ANTÓN

Odiaba a muerte la cancioncilla: “Antón, Antón, Antón pirulero, cada cual, cada cual, atienda su juego…”. Desde muy pequeño la tomaron con él y los nervios hacían que perdiera siempre. “…y el que no lo aprenda que pague la prenda”. Y ahí estaba Antón besando en la boca a Rosalina la boba o yendo a tocar el timbre de Aquiles, que corría como una bala y daba unos azotes de órdago a la grande. Tan atosigado y herido se sentía Antón que abandonó el pueblo en cuanto pudo para buscar el anonimato en el laberinto de la gran ciudad. Allí desempeñó varios trabajos y vivió algunos amores, pero en su interior había una desazón que le llevaba dando bandazos de fracaso en fracaso. Acabó habitando un piso abandonado donde recogía objetos furruñosos y perros sin amo. Dicen algunos que recorría las calles con una flauta seguido de una cohorte de canes de todos los tamaños y pelajes, pero no existe documento gráfico al respecto. Lo que si está en las hemerotecas es el hallazgo de su cuerpo entre miasmas. Los animales que velaban el cadáver eran exactamente diecisiete.