martes, 10 de mayo de 2011

LIBERTINO

A Libertino, cuando le bautizaron, sólo le dejaron dos opciones: ser un émulo aventajado del Divino Marqués o portarse como un bendito de los que no rebullen en su vida. De momento, dada su corta edad, decidió seguir disfrutando de los ubérrimos pechos de Priscila, su lozana y santa madre, y dejar para más adelante tan decisiva disyuntiva.
Pero llegó la escuela y con ella las clases de Religión de don Adyuto. Los lunes se bajaban a media asta las persianas y se proyectaban filminas donde jóvenes con pullovers de colores se debatían entre el deber de estudiar o el vicio nefando de poner en marcha el pick-up con los ritmos más punteros. “Hay que distinguir entre libertad y libertinaje”, decía don Adyuto con la voz bronca que le procuraban sus dos paquetes largos de ducados. Y nuestro Libertino se sentía, con razón, blanco de todas las miradas.
En la universidad, le tocó a Libertino una época bulliciosa e intensa. La vieja polémica libertad/libertinaje movía ya sólo a risa, al tiempo que dejaba de interesar a nadie la diferencia entre erotismo y porno. Libertino participó de lleno en la vorágine y se sintió pleno, protagonista de una época sin parangón y sin medida. Todo era posible, todo deseo era ley. Se vivía al borde del abismo como si cada día se reinventasen las normas más sagradas.
De su conversión, años después, en ciudadano medio de voto cuatrienal y desencanto nos da cuenta Ticiano, su cuñado y biógrafo, del que se conserva un retrato a carboncillo en que, con trazos torpes, está plasmado su rostro con papada y gesto ausente. Por esa época todo el mundo le llamaba ya sencillamente Tino.

sábado, 7 de mayo de 2011

IDA

Es bien sabido que hay dos tipos de locos, los que cantan y los que maquinan. Ida era de los primeros (¿o se debería decir “de las primeras”?). Nacida la última de cuatro hermanos varones y ansiada por una madre que murió en el parto, acusó desde la primera infancia ciertos rasgos que la hacían distinta ante las gentes. Y no es que fuera por las calles cantando, sino que su mirada y sus silencios denotaban una música interior desacorde por completo con la imperante fuera.
Si tocaba Dibujo, Ida aparecía en clase con el violín. Si llovía, ella llevaba chanclas, y botas de goma si hacía un sol de agosto. Aparecía desnuda en la piscina por olvido y con falda de pana el día de la primera comunión. Su madrastra, Tarsicia, solo pensaba en trapos y potingues y Mauro, el padre, tenía bastante con la ardua tarea de amontonar dinero, por lo que Ida se sentía una pobre niña rica.
Creció y la pusieron de largo –esa vez Tarsicia consiguió que llevara lo adecuado. Estudió Filología Alemana –con notas excelentes- mientras se creía matriculada en Farmacia. Viajó por Oriente creyendo que estaba en Oregón, mientras pretendía hacerse entender en dialecto renano –y consiguiéndolo a veces, cosa extraña.
Ida era una bella señorita cultivada y –en todos los sentidos- bien dotada, pero sus peculiaridades de carácter impedían que surgiese un pretendiente serio, como hubiese sido deseable en esa época remota para una joven de su clase. Esto le hacía sufrir y reía a solas su desgracia, porque celebrar la pena era otra de sus reacciones raras.
Cerca de la treintena apareció Arnaldo una tarde de domingo. Arnaldo era serio y formal, iba a misa y pagaba sus impuestos. Sólo tenía el vicio aquel de adiestrar aves de presa, pero todos pensaron que lo dejaría como otros dejan el tabaco o los toreznos si la salud o la autoridad así lo exigen. Se celebró la boda y todos respiraron aliviados. Ida llevaba su vestido blanco, su ramito de mirto y su liga prestada. Contestó atinadamente al cura y vertió en su momento la lágrima que estaba en el guión. Todo fue sobre ruedas hasta la noche, en el hotel. Entonces quedó patente que Arnaldo era de los que maquinan.

jueves, 5 de mayo de 2011

BAETANO

Hilario siempre guardó en su alma el secreto deseo de contar. El problema es que nunca supo qué ni a quién. Fue un niño normal, con padres normales y una vida ordenada y comme il faut -entonces estaba de moda decir “comilfó”. Estudiaba, jugaba al balón y se iba por los veranos a la playa con su cubo y su pelota de colores. Por Navidad se juntaba con abuelos y parientes y recibía regalos acordes con su edad y condición.
Todo normal, ninguna aventura digna de tal nombre. Fue a la universidad y encontró luego un trabajo digno en un bufete. Se casó y tuvo hijos. Nada que reseñar a no ser el sarampión de Sabas o aquella caída aparatosa de Benita que la obligó a llevar inmovilizado el dedo corazón por una temporada. Su mujer, Macrina, no era una beldad ni destacaba por una inteligencia abrumadora, pero le quería y atendía con primor los pequeños detalles de una existencia confortable.
Un día, al llegar del trabajo, Hilario rehusó sentarse con su esposa frente a la tele. Tengo que hacer, dijo. Y se fue a su despacho. Había decidido comenzar a contar. Aún no sabía qué, pero necesitaba hacerlo. Miró el calendario: San Baetano. Ya estaba, escribiría la historia de un tal Baetano. Intentó imaginarlo, dotarlo de unos rasgos, sentir el discurrir de su río interior, suponerle un origen familiar, unas cualidades, un entorno histórico. Pero sólo consiguió ver en su mente a un señor de su edad, casado y con hijos, que siente la necesidad de vivir otras vidas.
Tuvo que ser Baetano mismo quien emergiese de la nada y se agarrara con fiereza a la existencia. Baetano era desde niño un luchador. En la escuela defendía a los más débiles y ejercía de líder natural. Pronto sintió la necesidad de conocer tierras incógnitas. A los veinte años estaba en Guinea-Bissau, a los treinta alguien lo vio en Guyana. Regresó a casa a los cuarenta y se instaló como guía espiritual y maestro de tai-chi. Parecía un espíritu elevado, purificado en el crisol de las pasiones, mas no era cierto, sino una tapadera, un bluf. En realidad dirigía una gran red dedicada al estupro de las desheredadas.
Baetano siguió y siguió desgranando su propia historia, mientras Hilario, adocenado como un buey, se empapaba de periodismo rosa frente a la pantalla ultraplana, supertrinitrón, de su televisor.

martes, 3 de mayo de 2011

GUMERSINDO

A Gumersindo le gustaron siempre las motos. Sus primeros recuerdos eran ir en la vespa de su padre, recibiendo el viento en la cara mientras su madre viajaba detrás, sentada a la jineta. Entonces ya pensaba en comprarse una moto en cuanto fuese mayor y tuviese dinero. Pero quien hizo que ese proyecto razonable y cabal deviniese en obsesión enfermiza fue su primo Leoncio cuando le contó que había visto Easy Rider. Aunque no podía entrar al cine por la edad, Sindo vio en las carteleras aquellos motoristas encaramados en lo alto de sus míticas Harley y quedó completamente fascinado. Desde ese momento ya no quiso ni oír hablar de vespinos ni de motos de cross de 125. Soñaba con cabalgar una de aquellas máquinas pura sangre, con sus manillares cornilargos y sus tachuelas decorando el cuero del sillín. Dejó de estudiar a los catorce y entró de aprendiz en una tienda de zapatos. Todo su afán fue conseguir ahorrar para viajar a las llanuras de la libertad. Cuando no estaba en la tienda se encasquetaba un sombrero de ala ancha que Leoncio le trajo de Ibiza un otoño. Aprendió a trenzar pulseras y se hizo con un colgante. Las chicas del barrio le miraban con curiosidad no exenta de interés, pues no era Sindo mal parecido ni chaparro, pero él las rehuía porque le apartaban de su vocación.
Pasaron los años y Gumersindo entró a trabajar en un taller de motos, donde se acrecentó la intensidad de la llamada. Era apreciado por don Vivencio, el dueño, por su buena mano con los motores y también por Verónica, la hija, que se enamoró como una párvula de aquel joven de cabello largo que quería convertirse en Peter Fonda. Pero para Sindo, todo lo que para otro hubiera sido una quiniela de catorce se convertía en trincheras y alambradas que lo separaban de su Verdad.
Un día pidió la cuenta y se fue sin más recado. Nadie supo de él en mucho tiempo. Vero se casó con Eliano, el nuevo dependiente, y se la veía en la vespa con él, camino de la piscina en verano. A veces salía en la tele el Gran Cañón y del subconsciente colectivo de los que estaban en el bar de Neomadia emergía el recuerdo vago de aquel loco que se había ido para allá, que ya hay que tener ganas con lo seco que está todo.
Un día volvió. Traía una moto idéntica a la de Dennis Hooper, con su peculiar rueda delantera, sus cromados y su depósito color calabaza. Vestía una chaqueta de piel estilo Crockett y unas gafas de espejo ocultaban sus ojos. No habló con nadie. Hacía tiempo que ya nadie le esperaba. Se limitó a dejar su máquina aparcada en sitio bien visible y a sentarse en el bar a tomar una cerveza helada. Así pasó el resto de su vida. En invierno, en lugar de cerveza, tomaba un batido de chocolate bien caliente.