jueves, 20 de enero de 2011

JOCUNDO

A veces los nombres se eligen por razones que escapan al consciente, otras por eufonía o por imposición de los padrinos, amén de modas y otras cosas peregrinas. Pero hay casos en que los padres realizan la elección con la liturgia inherente a un verdadero acto de fe. Este fue el de Apolinar y Severiana. Poli era en verdad dicharachero y campechano, amigo de chanzas y cultivador de la amistad sin tasa. Severiana dejaba en cambio a su nombre en mantillas en cuanto a aspereza, exigencia y rectitud se refiere. El porqué de que fructificara tal unión no es sino otro de los misterios de Amor y sus cohortes y el cómo se mantuvo en el tiempo una sinrazón inexplicable. Cuando llegó el primer vástago, Apolinar, desafiando las iras de su esposa, lo llamó Jocundo para concitar sobre él las bendiciones de un carácter semejante al suyo. Llegó al año cumplido el siguiente heredero y Severiana se resarció del desplante del esposo llamándolo Paciente, por parecerla que era buena virtud la de acatar los sinsabores del camino sin ruido ni alharacas.
Sucedió que pasaron los años y se cumplieron las expectativas, quizás fuera por simple azar o por esa magia que a veces embadurna los sucesos de la vida y hace que tomen cuerpo nuestros deseos más raros e inconscientes. Jocundo era un muchacho de sonrisa fácil y ademanes gráciles que atraía sobre sí la benevolencia de cualquiera. Paciente, por el contrario, era serio y reservado, aunque seguro y fiel.
Jocundo animaba el día a día con su buen humor, pero era remiso a la hora de resolver los problemas cotidianos. Paciente, sin embargo, no estaba muy dotado para brillar en sociedad, pero ponía empeño y corazón en los trabajos y era responsable en los quehaceres. Ambos se querían y entendían mutuamente las virtudes y carencias del otro, hasta parecer a veces que conformaban entre ambos un todo perfecto.
Llegada la edad de tomar esposa, los dos mostraron cortedad y falta de entusiasmo. Sus padres se impacientaban y temían la llegada de su senectud sin ver nuevos frutos adornando el lar de sus ancestros. Les animaron a salir a las verbenas, les procuraron la visita en casa de las primas más dispuestas, incluso les obligaron casi a viajar a la ciudad por ver de ampliar el campo de elección. Pero los años pasaron y Paciente y Jocundo permanecieron célibes. Y es que la perfección tolera mal cualquier mudanza.

martes, 4 de enero de 2011

ANASTASIO

Tras una infancia marcada por el desamparo, Anastasio se hizo mozo y emigró a tierras más feraces. En el pueblo se quedó Virginia, con Mateo recién agarrado a sus entrañas. Pasaron los años y ocurrieron dos natalicios más, Tello y Julián, engendrados en dos cortas estancias sucesivas. Unos cuantos regresos más tarde la esposa lo acompañó de vuelta en el compartimento de tercera, dejando a la prole al cuidado de unos tíos. Instalados ambos con decoro, se inició un periodo casi feliz en sus discretas vidas. Cada enero Anastasio parecía resurgir de una crisálida invisible y encarar los retos cotidianos con la inocencia y la furia de un dios. Se lo decían sus compañeros Félix y Jenaro, de forma más prosaica: “Tano, no pasan los años por ti”. Pero las raíces y la sangre tiran mucho de uno, así que un día Anastasio recogió la herramienta y se embarcó con Viginia en un tren nocturno rumbo al sur.
Fue al poco de llegar, a lo sumo a las segundas navidades, cuando nuestro hombre sintió que le abandonaba ese ardor que le hacía renacer como savia vivificadora. Fue como si un gel frío penetrara por las plantas de sus pies y le invadiese las venas hasta llenar de escarcha el corazón. Curiosamente ocurrió una tarde soleada, mientras estaba sólo en la peluquería, y unos rayos juguetones se filtraban entre las láminas de la persiana veneciana. Anastasio se miró en el gran espejo, apoyado en el reposacabezas del sillón giratorio, y vio la imagen de un hombre triste, cercano a los cincuenta, con ojeras profundas y barba de dos días. “Te vendría bien un afeitado”, pensó, y comenzó a pasar cansinamente la hoja de acero por el afinador.