miércoles, 7 de diciembre de 2011

TEÓFILO

Teófilo, allá en el alba de su vida, fue pastor. Subía al monte con los rebaños y se sentaba en una peña, mientras las cabras ramoneaban a placer. En verano, Teófilo buscaba una sombra y se dedicaba a estudiar la forma de las nubes o a pensar en la inmensidad del cielo azul. Cuando llovía o arreciaba el frío, tenía un chozo donde se guarecía. Desde ese útero peculiar, observaba cómo la realidad externa penetraba en forma de luz por las improvisadas rendijas y le venía a la mente, sin conocerlo, el mito platónico de la caverna. Hubiera llegado Teófilo a ser un asceta sublime, o quizá un pensador reconocido, incluso bien pudiera haber acabado fundando una nueva religión que hiciera tabla rasa con las otras. Pero no ocurrió nada de eso. Acaeció que Rabano Mauro, padre de nuestro aspirante a espíritu perfecto, conocía en la ciudad a un tal Magín, concejal de urbanismo a la sazón, y urdieron entre ambos lo que sería para él un cambio brusco de timón en la singladura de su vida. Rabano, padre ejemplar, venía ya hacía tiempo pensando en procurar a su hijo un oficio de más provecho y lucimiento que el menester agropecuario. Así es que cuando Magín le habló de la posibilidad de conseguir licencia para un quiosco en la vía pública, no cupo en sí de gozo. Dicho y hecho, cogió un día Teófilo el coche de línea para plantarse ante la ventanilla expendedora de prensa y mercaderías de poca monta. Le costó al principio al muchacho pues, aunque había ido a la escuela, no estaba muy diestro en el manejo de moneda corriente. Pero no fue eso lo peor, sino el que echaba de menos la soledad y el silencio del monte. Le perturbaba el ruido del tráfico, el murmullo de la gente al pasar, tan distintos a la suave brisa o al gorgoteo de los arroyos. Las caras desconocidas que se sucedían sin cesar en el hueco adintelado que daba al exterior, le recordaban a los títeres que una vez había visto en el pueblo y le producían temor. Mas, poco a poco fue haciéndose al entorno. Los días de menos venta, tenía ratos tranquilos en que la luz que se filtraba entre las publicaciones le recordaba al chozo del pasado. Pero los pensamientos de antes ya no regresaron. Ahora tenía la letra impresa; miles de páginas de papel satinado, con historias de gentes pintorescas, que fueron invadiendo sus neuronas como los descendientes de Abraham poblaron la Tierra Prometida. Cuando le hablaban de volver al pueblo, Teófilo se aferraba sin querer al bramante que ataba los últimos paquetes del Hola, como quien se encadena a la nave donde sirve de remero. Seguramente esa extrema dependencia fue la causa de que Teófilo empezara a oír aquellas voces a raíz de lo del incendio. El resto de su vida fue la de un loco peripatético que hablaba a voces por las calles, en tiempos en que la telefonía móvil aún no podía servir de enmascaramiento al desvarío.

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