jueves, 8 de diciembre de 2011

GENUINO

Genuino siempre fue un niño muy especial. Su madrina, Dominica, que era muy salerosa, solía decir de él que tenía una “peculiá idiocincracia” y se quedaba más ancha que larga, hecho que propiciaba su peculiar idiosincrasia en lo tocante a los dones de Natura. Genuino, de bebé, lloraba mucho y agitaba los brazos como si estuviese prematuramente cabreado con el mundo. Sus padres, que eran pobres pero entregados a su prole, lo llevaron al médico del seguro y, no contentos con sus respuestas evasivas, se fueron a un galeno de pago de la calle principal. El doctor, don Avito, una eminencia, examinó al lactante, le palpó aquí y allá y se lo devolvió a los atribulados primerizos con un: “es cosa del crecimiento, hay que esperar”. Como el que espera desespera, y el infante no cesaba de perturbar el sueño de progenitores y vecinos, recorrieron con el genuino hombrecito varias consultas más, sin resultados concluyentes. El llanto fue remitiendo poco a poco al tiempo que Ino daba sus primeros pasos por el mundo. Todos se fueron olvidando del problema hasta el día en que le descubrieron en el brazo derecho ciertas protuberancias. Para entonces el niño ya había empezado a ir al colegio. Volvieron las consultas y las exploraciones, pero fuera porque los matasanos no atinaban o porque los rayos x de entonces no tenían aún tecnología 3-D, el caso es que el idem siguió aún sin resolver. Pero, a veces, los enigmas no necesitan otra cosa que tiempo para sacar sus entrañas a la luz. Y fue un día de octubre, cuando aconteció el hecho que haría de Genuino un auténtico fenómeno, tan único y peculiar que hubiera podido acaparar el prime time de todas las televisiones. Lo que ocurrió fue que, mientras corría Ino hacia el colegio, descargó un chaparrón una nube traicionera e ipso-facto emergió de su muñeca derecha un paraguas salvador que lo mantuvo seco hasta la puerta. Sólo su madre se dio cuenta, mientras lo despedía con la mano al abrigo de una cornisa. El niño lo tomó por una función más de un cuerpo aún no del todo explorado y la cosa nunca salió del ámbito doméstico. El resto de su vida, Genuino, ha echado mano de su don prodigioso sólo de vez en cuando. En viajes y reuniones de trabajo se ha ido encontrado con algún caso como el suyo, pero son pocos y todos lo mantienen como él en el secreto más estricto. Sin embargo, lo que no han podido evitar es dar carta de naturaleza a una leyenda, extendida por los cinco continentes: ¿les crecen a los demás paraguas en las manos en cuanto la primera gota toca el suelo?

2 comentarios:

Tascondeleon dijo...

Creo que estás hablando de un caso genuino de mutante o superhéroe español. A los X-men o los Cuatro Fantásticos y a otros marvelianos se les desarrollaban poderes sofisticados de todo tipo, pero a ninguno tan práctico como el paraguas incorporado. Esto sólo le podía pasar a un mutante español.

almanaque dijo...

No lo dudes, amigo Tascondeleon; como tampoco dudes de la autenticidad de esta verdadera y genuina historia. ¿No has observado que cuando llueve, aunque cinco minutos antes luciera un sol de viñeta de tebeo hay una o varias personas que tiene un paraguas abierto en la mano antes de que caiga la primera gota? Pues solo hay una explicación, no ya mítica, sino científica: a algunas personas les crece el paraguas directamente de las manos. Ergo Genuino es un ser real y mortal como vos y yo.