lunes, 12 de diciembre de 2011

GASTÓN

Aunque nacido en una familia obrera, Gastón tuvo siempre una propensión innata a la prodigalidad y lo desmesurado. Sus padres, Amancio y Dorotea, habían sido educados en el cálculo y la moderación, y así se lo intentaron inculcar a su vástago. Pero Gastón, hacía oídos sordos y no había quién le metiese en vereda. Si un domingo le daban una propina, se la gastaba íntegra en golosinas y las repartía espléndido, no ya entre sus amigos, sino entre muchachos de la calle que apenas conocía de vista. Si recibía dinero para comprar un cuaderno y un compás, lo invertía todo en un libro de aventuras ilustradas y se quedaba sin material para dibujo. La cosa no mejoró con la edad, sino que incluso tomó derroteros más extremos. Un día trajo a casa a un pobre de pedir a instó a los padres a sentarlo a la mesa. Hubo luego que desinfectarlo todo con zotal. Dorotea estaba ya más harta que harta, mientras Amancio seguía trabajando en las figuras de madera que constituían su hobby preferido. Y no es que Gastón fuese un consumista irrefrenable, de hecho no anhelaba productos caros o lujosos, era más bien que le resultaba tedioso el cálculo y detestaba medir y tasar. Su pensamiento tenía dedicaciones más elevadas; le encantaba la mitología, las grandes óperas, las sublimes figuras poéticas de los líricos. “Este chiguito nos hunde, y si no el tiempo”, repetía Revocata, la abuela, por el pasillo. Pero Gastón era alto y garboso. Su rostro era expresivo y varonil. Se movía con una delicada elegancia natural y sus ojos emanaban simpatía. Cuando entró el primer día en la facultad de Filosofía, todas las chicas se volvieron hacia él como movidas por un fototropismo positivo que buscase el brillo de su aura. Fueron cinco años de carrera inolvidables en los que Gastón lo aprendió todo sobre el alma humana y sus pasiones. Al final eligió a Hildegunda, una hermosa muchacha cuya belleza no iba a la zaga de su pasión por las lenguas de Mesopotamia. Quiso además la suerte que perteneciese a una culta y aristocrática familia, cuya fortuna inmensa estaba dedicada a la promoción de la cultura en todo el mundo. Vivió pues Gastón una vida de ensueño, dedicado a una Hilde que adoraba, viajando por todo el mundo en su compañía y atesorando libros. “Vaya, me equivoqué con el guaje”, tuvo al fin que admitir Revocata, revocando su juicio pretérito.

2 comentarios:

Elías dijo...

¡Olé por Gastón!
Las abuelas, ya se ve, no son tan infalibles como parecen.

Un abrazo.

almanaque dijo...

Gracias Elías. Menos mal que se equivocó Revocata, porque Gastón iba directo para clochard. Hay que reivindicar el braguetazo como medio de vida.