lunes, 5 de diciembre de 2011

AZARÍAS

En algún momento de la infancia de Azarías, surgió una fuerte afición a las aves de presa. Sus padres, Anatolio y Berelendis, no se explicaban el porqué, como no fuera por la influencia de los documentales de la tele. Lo tomaron al principio por capricho infantil y veleidoso, pero fueron viendo con el tiempo que el muchacho tenía verdadero empeño con el tema. Como eran padres liberales y pudientes, optaron por facilitar al muchacho el desarrollo de su pasión y se compraron una finca, donde acudían los fines de semana para que éste observara en vivo a milanos, aguiluchos y demás volátiles de uñas y pico fieros. “Ya se le pasará”, comentaban entre sí, como dándose la aquiescencia el uno al otro, y tomaban el té en el porche con el servicio de diario. Pero ocurrió que Azarías no sólo no cejó en el empeño de su estudio, sino que se hizo con algunos ejemplares de rapaces y se empeñó en resucitar la cetrería. Fue un verano, de aquellos interminables, entre la Reválida y el comienzo del Bachillerato Superior. Cogió especial cariño a un azor al que puso Nitardo, porque era nombre sonoro y tenía implícita la velocidad. Con Nitardo se dedicó a cazar palomas y algunas tenían mensajes en las patas. En uno ponía “Si no me contestas, muero” y en otro, un mes después, “Te lo dije, chatina”; pero Azarías nunca se enteró porque la cocinera los echó al cubo de las plumas. Consiguió más tarde un aguilucho, al que llamó Glorioso, que pronto se especializó en cazar los pichones de don Blas, el párroco local. Y aquí acabó la carrera como cetrero de Azarías, con la guardia civil llamando broncamente a la puerta y los abochornados padres pagando al cura las aves a precio de faisán. De las peripecias ocurridas en adelante en la vida del joven sabemos poca cosa. Sí que nos ha llegado noticia de su provechosa dedicación al mundo del derecho financiero. Sus padres pudieron al final respirar tranquilos. Ya no corría peligro de convertirse en un ser andrajoso, de pantalones rotos y mugrientos, como temieron a la vista de su insano desvarío; ni tampoco en un naturalista aventurero aspirante a perecer en los hielos polares cualquier día.

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