domingo, 4 de diciembre de 2011

AÍDA

Sus padres, Bucardo y Adeloga, le pusieron Aída porque les sonaba a finura y distinción. No sabían que, en realidad, era nombre de esclava; etíope por más señas. Es lo que pasa a veces en la vida, que se confunde la reverberación de los dorados con lo esencial de la representación. Sin embargo, seguramente por casualidad, Aída mostró enseguida unas condiciones excepcionales para el canto. Don Firmo, el director del coro de la iglesia, así lo estima y aconseja a los padres que busquen quien, mejor que él, pueda sacar el máximo lucimiento al potencial en bruto de la niña. Pero ni Bucardo ni Adeloga estaban para músicas, con muy magros recursos y otros tres hijos que atender. Así es que Aída termina la Primaria y se pone a trabajar en una tienda de recambios para coches. Vendiendo tapacubos y bujías conoce un día a Lupicinio que, tomando una copa, reaviva en ella unas ansias de éxito que creía apagadas para siempre. Le presenta a Sicario, un socio con el que regenta varios bares de alterne. Entre striptease y striptease, Aída canta boleros y rancheras. Y lo hace con tanto entusiasmo que levanta más pasión que las prietas carnes de las lumis. El lleno es total los fines de semana, así que Lupicinio y Sicario le proponen un tanto por ciento del negocio y ella acepta. Con Sicario como representante, inicia una serie de actuaciones en salas de fiestas que aumentan su fama y su caché. Montada en un cochazo rojo y vestida de pieles, visita a sus padres ante la envidia y admiración de todos, incluido Fortunato, el del bar donde tomara sus primeros refrescos. De allí parte para América, en una gira triunfal de varios meses. Aquí entra la parte del destino, que siempre cobra su tributo. Aída embarca, tras su vuelta a Europa, en un crucero de placer. Durante la escala en Egipto es raptada por la mafia local y desaparece sin dejar rastro. Algunos especulan con la presunta implicación de Sicario, aunque otros lo achacan a meros prejuicios onomásticos. Ciertos cronistas la sitúan en poder de un líder radical, encerrada en la árida celda de su propio burka. El caso es ampliamente difundido por las televisiones, lo que hace las delicias de Bucardo y Adeloga.

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