jueves, 17 de noviembre de 2011

VIRIDIANA

A Viridiana le encantaba jugar a las cartas. Ni las siete y media, ni el subastado, ni el mus tenían secretos para ella. No siempre fue así, pues de niña era tan piadosa que se escapó de casa y quiso fundar un cotolengo donde atender a los más desamparados. Pronto regresó al hogar horrorizada, al comprobar que los pobres olían. Y es que hasta entonces sólo los había visto en foto o por la tele y no se le había ocurrido pensar en tal detalle. De regreso a su sencillo hogar de clase alta, tuvo un tiempo la idea de dedicarse a la perfumería por enfrentar desde otro ángulo el problema. El jardinero, un tal Renato, le hablaba de las cualidades odoríferas de las diversas flores y raíces. Pero un buen día partió con unos feriantes que venían de paso y no volvió a saber de él. Esto la sumió en el aburrimiento más atroz. Es ahí donde entra en escena su primo Basilio, a quien el contratiempo de haber nacido negro, siendo hijo de caucásicos puros, le había dotado de un carácter débil y voluble. Basilio y ella pasaron juntos un verano, que ocuparon en jugar incansablemente a los naipes. Estudiando Farmacia, Viridiana, conoció a Ursus y le convenció para que la secuestrara, pues quería vivir una vida plena de emociones. Este Ursus era un muchacho grandullón pero cobarde hasta lo patológico. Para sobrevivir, Viridiana jugaba y Ursus desafiaba a los hombres del lugar a una prueba de fuerza. Afortunadamente, nadie le plantó cara e iban tirando con el dinero ganado en las apuestas. El tándem funcionó algunos años, hasta que llegó Soro, un enano diminuto que enamoró a la difícil Viridiana y la llevó a trabajar a sus locales. A Ursus le enfundaron en un traje cruzado y le pusieron de matón en la puerta, con gorra de plato para escarnecerlo. Que Viridiana acabase atendiendo un dispensario médico en una aldea a orillas del Zambeze sería un buen final, no cabe duda. Desgraciadamente no tenemos documentos que lo prueben, aunque sí el testimonio oral de Severo, un antiguo cliente que lo contó alguna vez en el hogar del jubilado.

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