viernes, 4 de noviembre de 2011

JUVENTINO

A Juventinín, desde la infancia más tierna, le ilusionaba la idea de hacerse impresor. Cuando la tía Elvira supo de estas inclinaciones, le regaló al sobrino una imprentilla, con la que mató dos avecillas de un único y certero fogonazo. Por una parte alimentaba las provechosas ilusiones del infante y, por otra, se servía del producto de sus gozosas labores para anunciar los productos que vendía en el kiosco que regentaba con su esposo Ananías, maquinista de Renfe a la sazón, que aprovechaba los descansos para echar una mano. Un “CAMBIO, COMPRO, VENDO” lució enseguida en la cristalera que daba hacia poniente. Y en el frente un “Hay pastillas de leche de burra”. Nada que ver con los letreros cotrosos, hechos a mano con letra desigual, de otras industrias del gremio. A Juventinín le creció el bozo y le pusieron de pantalón largo, pero su pasión seguía intacta. Así es que, con su título de Reválida bajo el brazo, entró de aprendiz en una imprenta. Allí le enseñaron el arte de los cíceros y los tipos móviles de plomo. Los primeros meses de trabajo fueron de absoluta felicidad, hasta el punto de que le parecía un robo aceptar el magro salario que le daba semanalmente don Adelfo. Pero pronto echó de menos componer textos literarios y científicos. Un arte tan sublime no podía dedicarse sólo a la impresión de anuncios de callistas, hojas volanderas o recordatorios de difuntos. Juventino quería ser un impresor de genios del estilo de Dickens o Balsac, o bien coadyuvar al bien de la humanidad dando a la luz un método científico que hiciera más felices a las gentes. En cuanto tuvo algún dinero se estableció por cuenta propia. Colocó un cartel grande en que rezaba: “Imprenta Juventino”, y abajo, en más pequeño: “Editor de textos literarios y científicos”. Colocó luego una campañilla en la puerta y se sentó a esperar. Entró algún joven con sus esbozos de poeta, pero no le parecieron merecedores de acceder al parnaso. Juventino había sido desde niño un gran lector y había adquirido gustos refinados. Hubo algún manuscrito de novela que casi le convence, pero al final decidió no contribuir a dar al mundo una obra mediocre más, pues ya abundaban demasiado. Tuvo que aceptar encargos publicitarios y tarjetas de visita para poder comer, pero la desazón no le dejaba en paz. Al final se fue en busca de fortuna. Acabó embarcado en un mercante y pasó años leyendo grandes obras en los ratos que le dejaban libre las faenas. Acabó en el asilo de una ciudad costera. Nunca se arrepintió de no haber condescendido con la vida.

3 comentarios:

Elías dijo...

Sí señor, un tío con convicciones firmes.
Y una preguntita: ¿hubiera condescendido Juventinín a imprimir nuestros escritos?
La duda me corroe.

Un abrazo.

Alma dijo...

No es mal epitafio después de todo ;)

Me alegro de volver a ver el almanaque.

almanaque dijo...

Amigo Elías, nos quedará la duda. Quizás hay un impresor ahora mismo que está deseando conocernos.
Alma: Gracias por estar ahí, al otro lado de este espejo.