sábado, 5 de noviembre de 2011

CONAN

Conan quería ser científico. Su vocación se manifestaba ya en sus tiempos de escolar, cuando ocupaba los recreos observando la realidad desde un rincón, en lugar de participar en el “a la una anda la mula” y otros juegos deslomadores y crueles, como hacían los demás. Si no sufrió desprecios y agresiones es porque Natura le había dotado de anchas espaldas y brazos musculosos, así como unos bien definidos abdominales que no se desdibujaban por más que vagueara y comiera golosinas y frituras. Estaba lo que se llama “bien parido” en el argot de los que practican culturismo. Sus padres, Paula y Osario, apoyaron sus anhelos y consiguieron una beca para que estudiase en una buena facultad de ciencias. Eystein, en cambio, siendo hermano suyo, no tenía más obsesión que la lucha y las pendencias. Volvía siempre del colegio con cardenales y la ropa desgajada, pues su físico era el de un auténtico alfeñique. Y eso que practicaba pesas y seguía una dieta híper-proteica a base de carne casi cruda y preparados de farmacia. Sin embargo era un lince en matemáticas y física, mientras su hermano Conan no conseguía aprobar por más que se esforzaba. Conan y Eystein se llevaban bien, a pesar de sus idiosincrasias diferentes. Algunas tardes hablaban de sus cuitas y se consolaban de sus sueños no cumplidos, pero no llegaban a nada concluyente. Pasó un tiempo y dijo Eystein a su hermano: “Mira, Conan, creo que nos estamos equivocando. No podemos seguir dando la espalda a nuestros dones. Tenemos que unir fuerzas. Tú dedícate a entrenar hasta ser número uno; yo me licenciaré en medicina deportiva. Juntos seremos imbatibles”. Así lo hicieron y ese tándem se recuerda aún como un mito en la historia de la lucha libre. La iconografía clásica es la de un gigantón con un homúnculo retrepado en sus espaldas, armado de fonendo.

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