sábado, 5 de noviembre de 2011

CÁNDIDA

Candy era tan cándida como su nombre. Sus padres, Teodorico y Maura, no habían visto la película, ni sabían tampoco qué significaba, simplemente se llamaba así una tía abuela a la que debían varios favores. Esta señora vivía en una boardilla y le gustaba recordar sus años mozos por un Madrid idealizado. Candy en el colegio era la tontita a la que nadie tenía en cuenta. Si le hablaban de la regla habría el pupitre y enseñaba impertérrita el instrumento de medida, exhibiendo una sonrisa servicial. Si sus compañeras decían sentirse calientes, ella iba rauda a abrir la ventana, con su buena voluntad de alma de cántaro. Pasó el tiempo y, como no podía dejar de acontecer, se cruzó en su camino el burlador más chulo y pendenciero, un tal Lupo, que la guiñó un ojo en la boda de una prima. Sin saber cómo, acabó con él en el ropero, a oscuras sobre la suave piel de los visones. Iba a decir: “Pero que… tan grande tienes”, pero no sabía rellenar los puntos suspensivos, así que se calló y cayó de inmediato en la disipación como se cae por un tobogán de un parque acuático. Lupo la dejó bastante malparada, porque la infeliz ya se veía siendo su fiel esposa y cuidando a sus camadas. Pasó llorosa largos meses hasta que tropezó con Beato en una iglesia a la que solía acudir en busca de consuelo. Pronto descubrieron que estaban hechos el uno para el otro. Iniciaron un noviazgo casto y puro, cuajado de atenciones más propias de otros tiempos. Iban de paseo por lugares concurridos y hacían excursiones culturales y campestres en grupo organizado. Todo marchaba como la seda, aunque Candy sintiera a veces el resquemor punzante de la culpa. Continuó la buena racha un tiempo más. Justo hasta que apareció Devota, con su cara de ángel y su pasado inmaculado.

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