martes, 13 de septiembre de 2011

MESALINA

Desconocemos qué hados extraños insuflaron en el espíritu de Aselas y Bernardo la peregrina idea de elegir Mesalina como nombre de su primogénita. No obstante, hay que decir en su descargo, que ambos carecían por completo de conocimientos sobre la historia de la antigua Roma. El que al segundo hijo lo llamaran Clemente, bien pudo deberse al puro azar. Lo cierto es que la niña Mesalina fue presa, desde temprana edad, de los ardores que se atribuyen a la intrigante emperatriz. De hecho existe prueba escrita de un incidente ocurrido con un tal Mainbodi, condiscípulo de primeras letras, que saltó por una ventana ante el acoso de la ninfa. El suceso fue muy comentado y dio lugar a algunos chascarrillos entre los malintencionados del lugar. Pero, a medida que se iban deshojando los almanaques, el furor uterino aumentaba en inversa proporcionalidad. Compañeros, ujieres y profesores fueron objeto de proposiciones atrevidas que los incomodaban y ponían en un brete harto salaz. Contra lo que cabe suponer, no era Mesalina simplemente una fresca que disfrutase con su vicio. Muy al contrario, sufría amargamente sus accesos lúbricos como imposiciones de una naturaleza superior que esclavizase su yo más prístino y esencial. De hecho, era la joven en su fuero interno retraída y vergonzosa hasta el exceso. Como cabe suponer, sus padres y hermano padecían estos avatares con honda preocupación para sí y abochornamiento ante los otros. Buscaron remedio, pero ni las confesiones con don Severiano, el párroco, ni las consultas con don Guido, un lacaniano con fama en la ciudad, dieron los frutos apetecidos. Pasaban los cursos y los equipos completos de fútbol sala por la vida atormentada de Mesalina sin atisbarse un rayo de esperanza. Todo parecía perdido cuando regresó el tío Salomón de allende el mar. Salo era un erudito enamorado de la Antigüedad. Supo del problema en una cena familiar e ipso facto dictaminó la solución. Al día siguiente, lunes, la familia al completo se personó en el Registro Civil. Emerenciana fue el nombre elegido por consenso. Desde ese día, la joven Chana fue un dechado de virtudes y un cascabel de felicidad.

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