domingo, 17 de julio de 2011

EPIFANIO

A Epifanio siempre le gustó el cine. La primera película que vio supuso para él una auténtica revelación. Sus imágenes quedaron impresas en su alma de tal modo que no conseguía deslindarlas de las suministradas por los sueños. La segunda vez vio una película de espadachines y se pasó los meses siguientes con un palo de escoba en una mano y un mandil de su madre a guisa de capa sobre los hombros.
En vista de su afición por este arte, los Reyes Magos le trajeron una máquina de cine. El aparato consistía en una bombilla de 60 vatios enclaustrada en una carcasa de cartón. En otro compartimento había una lente regulable y en medio una banda traslúcida con dibujos en serie apenas diferentes. Moviendo un manubrio a la debida velocidad, estos seres estáticos parecían tomar vida sobre la pared encalada del comedor. La primera sesión fue memorable. Josefa, la madre de Epifanio, casi se muere de un ataque de risa, viendo como las patos de una charca persiguen a un hombre de boina y bigote. Epifanio dibuja enseguida nuevas películas con personajes de tebeo que hacen las delicias del vecindario. El éxito le lleva a cobrar dos reales de entrada.
Andando el tiempo, acaba trabajando en el cine local. Primero de portero, luego de proyeccionista. Es el encargado de poner la mano delante en las escenas de besos y de pegar con acetona los filmes escarallados que recibe. Hace también de acomodador y le toca apuntar con la linterna a los novios intrépidos que se apostan en la fila de los mancos.
Epifanio aspira a mucho más. El quiere ser uno de esos creadores de sueños, como lo fue en la infancia. Pero, en esta época no hay escuelas de cine y si las hay no están a su alcance. Doña Josefa le aconseja que conserve el trabajo y se deje de tonterías de niño rico. Su padre, Renato, le incita a desistir de inanes intentos de conquistar el cielo. El conoce de primera mano lo que es morder el polvo tras tentar al abismo.
Epifanio se casa con Lutgarda y tiene un hijo. Ya la huida es labor casi imposible. Sigue empalmando películas y cortando entradas mientras los años pasan con la misma rapidez de las hojas de calendario en la pantalla. Los cines van cerrando para convertirse en multisalas donde un operario se apaña para proyectar siete películas. Los servicios de Epifanio se hacen obsoletos. Ya nadie tiene por qué tapar los ojos de la gente y los novios vienen al cine hartos de folgar en colchones ortopédicamente testados por expertos.
Le descubrimos, tras larga búsqueda por las calles, vendiendo deuvedés piratas que ya nadie compra. Es su última etapa antes de acabar peor que un ladrón de bicicletas.

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