miércoles, 6 de julio de 2011

AUGURIO

De don Augurio podría decirse, sin temor a conculcar gravemente la verdad, que nació con el “don”. Quizás fuese por esa seriedad que habitaba en su rostro, por su afición a los pormenores, por aquel perfeccionismo en las costumbres que causaba admiración entre las damas respetables de su entorno. “Qué prudente es siempre don Augurio”, decía a menudo Elia a Quisilinda en el rellado. “Y qué curioso va”, le respondía ésta presurosa en voz alta, con la esperanza quizá de que él la oyera. Pero era don Augurio esquivo a los encantos de las féminas. Lo había sido de joven y no era cuestión de someterse a graves quiebros, pasados hace ya rato los cuarenta.
Don Augurio rendía culto a multitud de ritos en cuanto a comidas, horarios y prendas de vestir. Eran repeticiones que le tranquilizaban y aplacaban una angustia vital que le arañaba desde dentro. Sobre todo destacaba su obsesión por la salud. Se sometía a casi continuos análisis de sangre y se embarcaba luego en complicados procesos estadísticos con los datos resultantes. Mirando los gráficos, podía saber Augurio –le apeamos el don con su permiso- si el 20 de diciembre el hematocrito presentaba una disminución de un 13% desde octubre o si el colesterol HDL había subido en 15 miligramos por decilitro el último trimestre.
Era don Augurio –no podía ser de otra manera- extremadamente respetuoso con los pasos de cebra y los semáforos. Sin embargo, los hados son así de caprichosos y burlones. Una tarde de enero venía nuestro hombre más contento que otros días. Venía feliz porque las funciones hepáticas producían las cantidades óptimas y perfectas de bilirrubina, transaminasa y fosfatasa. Don Fructuoso, el médico, le había felicitado delante del resto de pacientes. “Tomen ejemplo de don Augurio”, había dicho, lo recordaba con lujo de detalles. Y en eso estaba cuando sonó el frenazo y sintió el golpe.
Quedó en coma y así estuvo varios años sin que faltaran las veladoras de su sueño. “Ay que ver lo formal que es don Augurio”, decía de vez en cuando Elia entre suspiros. “Y lo bien que se le da el estarse quieto”, añadía Quisilinda con la devoción algodonando las palabras.

2 comentarios:

Dante Bertini dijo...

un regreso magnífico, don Almanaque...cruel, eso sí, pero magnífico.

almanaque dijo...

Me alegro de que le guste, don Cacho de Pan. Cruel... bueno, por lo menos tenía quien le velase... Saludos.