lunes, 20 de junio de 2011

ANTÓN

Odiaba a muerte la cancioncilla: “Antón, Antón, Antón pirulero, cada cual, cada cual, atienda su juego…”. Desde muy pequeño la tomaron con él y los nervios hacían que perdiera siempre. “…y el que no lo aprenda que pague la prenda”. Y ahí estaba Antón besando en la boca a Rosalina la boba o yendo a tocar el timbre de Aquiles, que corría como una bala y daba unos azotes de órdago a la grande. Tan atosigado y herido se sentía Antón que abandonó el pueblo en cuanto pudo para buscar el anonimato en el laberinto de la gran ciudad. Allí desempeñó varios trabajos y vivió algunos amores, pero en su interior había una desazón que le llevaba dando bandazos de fracaso en fracaso. Acabó habitando un piso abandonado donde recogía objetos furruñosos y perros sin amo. Dicen algunos que recorría las calles con una flauta seguido de una cohorte de canes de todos los tamaños y pelajes, pero no existe documento gráfico al respecto. Lo que si está en las hemerotecas es el hallazgo de su cuerpo entre miasmas. Los animales que velaban el cadáver eran exactamente diecisiete.

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