martes, 3 de mayo de 2011

GUMERSINDO

A Gumersindo le gustaron siempre las motos. Sus primeros recuerdos eran ir en la vespa de su padre, recibiendo el viento en la cara mientras su madre viajaba detrás, sentada a la jineta. Entonces ya pensaba en comprarse una moto en cuanto fuese mayor y tuviese dinero. Pero quien hizo que ese proyecto razonable y cabal deviniese en obsesión enfermiza fue su primo Leoncio cuando le contó que había visto Easy Rider. Aunque no podía entrar al cine por la edad, Sindo vio en las carteleras aquellos motoristas encaramados en lo alto de sus míticas Harley y quedó completamente fascinado. Desde ese momento ya no quiso ni oír hablar de vespinos ni de motos de cross de 125. Soñaba con cabalgar una de aquellas máquinas pura sangre, con sus manillares cornilargos y sus tachuelas decorando el cuero del sillín. Dejó de estudiar a los catorce y entró de aprendiz en una tienda de zapatos. Todo su afán fue conseguir ahorrar para viajar a las llanuras de la libertad. Cuando no estaba en la tienda se encasquetaba un sombrero de ala ancha que Leoncio le trajo de Ibiza un otoño. Aprendió a trenzar pulseras y se hizo con un colgante. Las chicas del barrio le miraban con curiosidad no exenta de interés, pues no era Sindo mal parecido ni chaparro, pero él las rehuía porque le apartaban de su vocación.
Pasaron los años y Gumersindo entró a trabajar en un taller de motos, donde se acrecentó la intensidad de la llamada. Era apreciado por don Vivencio, el dueño, por su buena mano con los motores y también por Verónica, la hija, que se enamoró como una párvula de aquel joven de cabello largo que quería convertirse en Peter Fonda. Pero para Sindo, todo lo que para otro hubiera sido una quiniela de catorce se convertía en trincheras y alambradas que lo separaban de su Verdad.
Un día pidió la cuenta y se fue sin más recado. Nadie supo de él en mucho tiempo. Vero se casó con Eliano, el nuevo dependiente, y se la veía en la vespa con él, camino de la piscina en verano. A veces salía en la tele el Gran Cañón y del subconsciente colectivo de los que estaban en el bar de Neomadia emergía el recuerdo vago de aquel loco que se había ido para allá, que ya hay que tener ganas con lo seco que está todo.
Un día volvió. Traía una moto idéntica a la de Dennis Hooper, con su peculiar rueda delantera, sus cromados y su depósito color calabaza. Vestía una chaqueta de piel estilo Crockett y unas gafas de espejo ocultaban sus ojos. No habló con nadie. Hacía tiempo que ya nadie le esperaba. Se limitó a dejar su máquina aparcada en sitio bien visible y a sentarse en el bar a tomar una cerveza helada. Así pasó el resto de su vida. En invierno, en lugar de cerveza, tomaba un batido de chocolate bien caliente.

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