jueves, 5 de mayo de 2011

BAETANO

Hilario siempre guardó en su alma el secreto deseo de contar. El problema es que nunca supo qué ni a quién. Fue un niño normal, con padres normales y una vida ordenada y comme il faut -entonces estaba de moda decir “comilfó”. Estudiaba, jugaba al balón y se iba por los veranos a la playa con su cubo y su pelota de colores. Por Navidad se juntaba con abuelos y parientes y recibía regalos acordes con su edad y condición.
Todo normal, ninguna aventura digna de tal nombre. Fue a la universidad y encontró luego un trabajo digno en un bufete. Se casó y tuvo hijos. Nada que reseñar a no ser el sarampión de Sabas o aquella caída aparatosa de Benita que la obligó a llevar inmovilizado el dedo corazón por una temporada. Su mujer, Macrina, no era una beldad ni destacaba por una inteligencia abrumadora, pero le quería y atendía con primor los pequeños detalles de una existencia confortable.
Un día, al llegar del trabajo, Hilario rehusó sentarse con su esposa frente a la tele. Tengo que hacer, dijo. Y se fue a su despacho. Había decidido comenzar a contar. Aún no sabía qué, pero necesitaba hacerlo. Miró el calendario: San Baetano. Ya estaba, escribiría la historia de un tal Baetano. Intentó imaginarlo, dotarlo de unos rasgos, sentir el discurrir de su río interior, suponerle un origen familiar, unas cualidades, un entorno histórico. Pero sólo consiguió ver en su mente a un señor de su edad, casado y con hijos, que siente la necesidad de vivir otras vidas.
Tuvo que ser Baetano mismo quien emergiese de la nada y se agarrara con fiereza a la existencia. Baetano era desde niño un luchador. En la escuela defendía a los más débiles y ejercía de líder natural. Pronto sintió la necesidad de conocer tierras incógnitas. A los veinte años estaba en Guinea-Bissau, a los treinta alguien lo vio en Guyana. Regresó a casa a los cuarenta y se instaló como guía espiritual y maestro de tai-chi. Parecía un espíritu elevado, purificado en el crisol de las pasiones, mas no era cierto, sino una tapadera, un bluf. En realidad dirigía una gran red dedicada al estupro de las desheredadas.
Baetano siguió y siguió desgranando su propia historia, mientras Hilario, adocenado como un buey, se empapaba de periodismo rosa frente a la pantalla ultraplana, supertrinitrón, de su televisor.

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