martes, 26 de abril de 2011

MOROSITO

A Morosito nunca le gustó su nombre. Su padre, Agente, se tomaba a guasa los remilgos del hijo y le consolaba entre bromas con su propio caso. Hijo de un guardia de la porra llamado Filón, había rechazado por rebeldía ingresar en el Cuerpo para acabar dedicándose a la venta de seguros. El abuelo, Vital, había sido minero en la época heroica en que apenas unos pocos sorteaban los desprendimientos y el grisú hasta la cuarentena. No había sido su caso, a pesar de los buenos propósitos de su padre, Higinio, famoso en su época por la aversión enfermiza al agua y al jabón.
Pero Moro –rubicundo por cierto como un danés- reaccionaba con ira y desapego ante estos floridos discursos genealógicos. Sito no se encontraba a gusto con un nombre que juzgaba poco apropiado para cualquier oficio o desempeño que no fuera el de cobrador del frac o personaje de tebeo.
Le llegó al pequeño danés la mayoría de edad y casi a la vez una beca para el extranjero. Cuando regresó del septentrión había pasado casi un año. En el aeropuerto, sus familiares apenas daban crédito. “Ahora me llamo Hortensia”, dijo con voz melosa y un esparaván de melenaza negra, mientras repartía besos en el aire circundante a las mejillas. “Este es Mamerto”, añadió señalando a un hombrón con pinta de esquimal que le llevaba las maletas.

2 comentarios:

Elías dijo...

¡Hombre, Antonio, por fin!
Ya te vale, casi tres meses haciéndonos esperar.
Menos mal que han venido dos de golpe. Bueno, tres con Mamerto, ese hombrón.

Un placer estos retratos, no me canso de decirlo.

almanaque dijo...

En el fondo debe ser que no quiero terminar nunca el año.
Gracias por tu atención y tu espera, Elías.