jueves, 28 de abril de 2011

ARCADIO

Cuando a Arcadio le dijeron lo del cáncer su vida cambió para mejor. No desde el principio, eso no. Cuando el médico se lo dijo, Arcadio sintió que el suelo cedía bajo sus pies. Luego pasó por las etapas del “no puede ser”, del “por qué a mí”, del “me niego a creerlo, es un sueño, es un error”. Todo ello para su coleto, sin hacer partícipe a nadie de su congoja. Por fin, más calmado, volvió a la consulta y habló con el doctor sobre aspectos prácticos de lo que iba a ser su vida desde entonces. Este le aseguró un par de años de calidad de vida razonable, siempre que siguiera el tratamiento y llevara una vida sosegada.
De vuelta a casa, Arcadio preparó un equipaje mínimo, dejó una nota y cogió el ascensor camino del último tramo de su vida. Con su mujer hacía tiempo que no existían verdaderos lazos y sus dos hijos estaban ya en su propia órbita vital. No tenía tiempo de más explicaciones. Llevó la baja médica a la empresa, rescató del banco sus ahorros, tomó un tren y se sumergió en el paisaje hipnótico de la llanura.
Lo encontramos un mes después instalado en un piso de alquiler en una histórica ciudad del interior. No hace nada. Simplemente deja pasar el tiempo sintiendo cada grano de arena entre los dedos. Mira por los cristales a la calle, como hacía de pequeño. A veces va a la biblioteca y acaricia con la punta de los dedos los lomos infinitos de los libros que ya no leerá. Luego pasea. Pasea todos los días, largas horas, disfrutando del propio hecho físico de andar. Piensa mientras en la vida, en el sentido o sinsentido de las cosas; no siente angustia, siempre le ha gustado pensar en vaguedades.
Un día repara en una señora de su edad, pulcra, vestida de oscuro, con aspecto de funcionaria recién jubilada. Se miran. Los días sucesivos se irán acercando un poco más, se irán domesticando poco a poco. A las dos semanas son inseparables. Hablan de la vida, de la muerte, de los temas eternos. Arcadio siente que nunca ha tenido interlocutora más a medida. Empieza a desear que lo de su enfermedad no sea más que un sueño. Le propone compartir morada y lecho, pero ella lo rechaza con un mohín ambiguo. Él no insiste. Siguen disfrutando de sus paseos en paralelo.
Un día Marga –ella se llama Margarita- llega vestida de negro riguroso. Él le ofrece su brazo, como siempre tan caballero. Pero ella lo rechaza. “No, hoy tienes que seguirme”, dice. Y Arcadio sabe entonces que se trata del último paseo.

3 comentarios:

Elías dijo...

Bien, Antonio, bien, otro más para el coleto.
Un detalle: se te ha colado un Aldo ("Aldo siente que nunca...")por Arcadio.

Abrazo.

Noemí Pastor dijo...

Jo, qué bonito.
Ya sé que no es un comentario de gran altura intelectual, pero hoy no doy para más.

almanaque dijo...

Gracias, Elías, por la correción. Son cosas del directo.
Noemí: Un "qué bonito" sincero vale más que la Biblioteca Nacional.